El historiador francés y Doctor Honoris Causa de la UNR visitó Rosario para participar del tercer Congreso Internacional “Las Humanidades por Venir”. En diálogo con “El Día Está Después”, de Radio UNR, reflexionó sobre el futuro de las humanidades, el avance de la inteligencia artificial, el rol del Estado en la cultura y el crecimiento de las derechas extremas

El historiador francés Roger Chartier volvió a Rosario para participar del tercer Congreso Internacional “Las Humanidades por Venir. El derecho a las humanidades”, organizado por el Instituto de Estudios Críticos en Humanidades y la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. En diálogo con El Día Está Después, abordó uno de los grandes interrogantes de la actualidad: qué significa ser humano en un mundo atravesado por la inteligencia artificial.
Chartier, referente mundial en historia de la cultura escrita, la lectura, el libro y la edición, fue distinguido en 2017 con el título de Doctor Honoris Causa por la UNR. En esta nueva visita a la ciudad, además de dictar un curso para estudiantes y colegas, participará de la conferencia pública “Humanidades, Humanismo, Humanidad. Una historia de definiciones y crisis de las humanidades”.
Humanidades frente a la inteligencia artificial
Durante la entrevista, Chartier explicó que los tres conceptos que atraviesan su conferencia tienen historias y significados diferentes. Las humanidades remiten a disciplinas como la literatura, la historia y el arte, aunque su definición se amplió con el tiempo; el humanismo se vincula con la tradición intelectual del Renacimiento; mientras que la humanidad plantea una pregunta mucho más amplia y urgente: qué queda de lo específicamente humano frente al avance de las máquinas.
“Durante mucho tiempo tenía la idea de que lo que se delegaba era solamente las operaciones lógicas”, señaló el historiador. Sin embargo, advirtió que el desarrollo de la inteligencia artificial está llevando la discusión hacia un territorio mucho más complejo: “He visto que se discutía la posibilidad de dar conciencia a los robots”.
Para Chartier, allí aparece uno de los principales desafíos contemporáneos. “Lo que se quedaba del humanismo dentro del mundo de la inteligencia artificial era que el ser humano es el único que puede tener sentimientos, que puede tener una adecuación a la situación, que puede vivir con una conciencia”, explicó.
La posibilidad de que las máquinas puedan simular —o eventualmente desarrollar— capacidades asociadas tradicionalmente con los seres humanos modifica, según el historiador, los términos de la discusión. “Se discutía la posibilidad de hacer que los robots no solamente piensen como los humanos, sino también que sientan, lloren y sueñen como los humanos”, planteó.
“La inteligencia artificial debe enseñarse como una herramienta”
Chartier reconoció que mantiene una relación limitada con las nuevas tecnologías y que nunca utilizó directamente herramientas de inteligencia artificial. Sí recurrió, en cambio, a sistemas de traducción automática, aunque con una advertencia: “Siempre se debe corregir”.
Para el historiador, traducir no consiste simplemente en reemplazar una palabra por otra. Es una operación intelectual que implica trasladar un sentido de una lengua a otra respetando las diferencias entre ambas.
Esa misma mirada lo lleva a defender una incorporación crítica de la inteligencia artificial en las instituciones educativas. “Se debería tener el estatuto de una materia para descifrar los límites, las perversiones, los peligros y también las ventajas y las posibilidades”, sostuvo.
La discusión, señaló, ya atraviesa las universidades. Frente al uso de inteligencia artificial para exámenes, trabajos y tesis, algunas instituciones optan por prohibir las computadoras mientras que otras buscan incorporar estas herramientas para enseñar a detectar sus errores y limitaciones.
“Es un desafío inmenso”, reconoció Chartier, especialmente frente a estudiantes que ingresan a la universidad con una relación cada vez más distante con los libros impresos y la escritura manual.
La defensa del libro y el rol del Estado
Otro de los ejes de la conversación fue el futuro del libro y de las instituciones que sostienen la producción cultural. Chartier defendió una intervención activa del Estado para proteger editoriales, librerías y obras que no necesariamente responden a la lógica del mercado.
Como ejemplo, mencionó el modelo francés y la existencia de una ley de precio único del libro, que busca impedir que las grandes estructuras comerciales puedan utilizar su capacidad económica para desplazar a las librerías independientes.
También destacó las políticas públicas destinadas a financiar publicaciones que no son inmediatamente rentables, como traducciones o determinados trabajos académicos, además de la compra de libros para escuelas y universidades.
“Es responsabilidad del Estado la protección o el desenvolvimiento de una política cultural”, afirmó.
Según Chartier, dejar la cultura librada exclusivamente a la competencia del mercado implica poner en riesgo aquellas instituciones que no son “inmediatamente rentables” y que, sin embargo, cumplen una función fundamental en la transmisión del conocimiento.
La importancia de volver al objeto libro
La defensa de las humanidades también apareció vinculada con la materialidad de los libros. Aunque reconoció que la digitalización permite acceder a una cantidad enorme de textos sin necesidad de trasladarse a una biblioteca, Chartier considera que la pantalla no puede reemplazar completamente la experiencia del objeto.
“Debemos encontrar los textos que podemos leer frente a la pantalla, la materialidad en la cual fueron leídos en el pasado”, explicó.
Para un historiador, sostuvo, el objeto también forma parte del conocimiento. Un libro no es solamente el contenido que transmite, sino también las distintas formas materiales en las que ese contenido circuló.
“Los hombres y mujeres del pasado no han leído Don Quijote frente a la pantalla”, resumió.
Una mirada sobre el crecimiento de las derechas extremas
Hacia el final de la entrevista en “El Día Está Después”, Chartier fue consultado por el crecimiento de las derechas radicalizadas en distintos países y por la situación política argentina.
El historiador identificó una combinación que considera característica de una nueva etapa política: “En muchas situaciones hay la alianza entre un régimen político autoritario y un liberalismo económico salvaje”.
Para explicar esa relación recordó el caso de Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet y su vínculo con las ideas económicas de los llamados Chicago Boys. Pero marcó una diferencia fundamental con el presente: mientras aquellos regímenes llegaron al poder mediante golpes de Estado, muchas de las actuales derechas radicalizadas alcanzaron el gobierno a través del voto.
“En casi todos los casos que he enumerado, fueron el resultado del voto. Fueron el resultado del sufragio universal”, señaló.
Esa situación, para Chartier, obliga a desplazar la pregunta: ya no alcanza con analizar las formas autoritarias del poder. También es necesario comprender por qué sectores de la sociedad adhieren electoralmente a proyectos que pueden entrar en contradicción con sus propios intereses.
“¿Por qué los pueblos a menudo votan contra sus propios intereses?”, planteó durante la entrevista. Y admitió: “No tengo la respuesta”.
El historiador vinculó ese fenómeno con factores como el nacionalismo exacerbado, el rechazo hacia la clase política tradicional y la capacidad de determinados dirigentes para construir una nueva forma de seducción política.
“Anteriormente, las fuerzas de esta derecha o extrema derecha eran presentables, eran horribles y crueles, pero eran presentables. Ahora hay este fenómeno entre Trump y otros personajes”, concluyó.