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“Siento un alivio y una paz que jamás había sentido”

Lo dice María Soledad Nívoli, la hija de militante Mario Alberto Nívoli, secuestrado y desaparecido en 1977 y cuyos restos fueron hallados la semana pasada en una fosa del campo clandestino de detención La Perla, en Córdoba. La mujer es docente de la Facultad de Psicología de la UNR y contó sus sensaciones a partir de una noticia que le cambió la vida.

Mario Alberto Nívoli fue secuestrado el 14 de febrero de 1977 en su casa de la ciudad de Córdoba cuando tenía 28 años. Había nacido en la localidad cordobesa de Ucacha, era ingeniero químico, docente universitario y tenía una hija de 4 meses que hoy, a sus 49 años, pudo saber qué pasó con su padre. Es que el Equipo Argentino de Antropología Forense halló sus restos en una fosa común del centro clandestino de detención y campo de exterminio denominado La Perla, en las afueras de la capital mediterránea, donde se encontraron doce cuerpos.

En diálogo con La Marca de la Almohada, María Soledad Nívoli, quien hoy es docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, recordó que el año pasado junto a un grupo de familiares de detenidos desaparecidos se presentaron como querellantes en la causa que investigaba los enterramientos clandestinos en La Perla durante la última dictadura cívico-militar “a partir de algunos datos nuevos que se habían recopilado y empezó entonces un proceso que derivó en los hallazgos de estos días”.

“Esto nos encuentra bien informados pero uno no está preparado para algo así. Nosotros sabíamos del comienzo de las excavaciones, del momento en que se encuentran los primeros restos en septiembre del año pasado, de que estábamos hablando de una fosa común que había sido removida y que habían quedado pequeños huesitos que se habían escapado de las retroexcavadoras, de las palas mecánicas que habían sacado los cuerpos de allí”, dijo Nívoli.

Y el mediodía del martes de la semana pasada Ramiro Fresneda, abogado de la familia que integra el cuerpo querellante, la llamó por  teléfono para darle la información. “Habíamos ido con Carlos, mi compañero, a buscar a nuestro niño a la escuela así que en medio de un montón de gente, autos que pasaban, autos en doble fila, alcanzamos a cruzar la calle y me dijo que habían encontrado los restos de mi viejo. Me tuve que apoyar en una pared porque sentí como un golpe….un pum! No sé cómo decirlo, es gracioso, porque todos estos días cada vez que me encuentro con alguien, cada vez que alguien me escribe, no sé qué decir porque hay cierta relación que empezamos a tener, más poética con el lenguaje de que no sabemos muy bien cómo las palabras pueden llegar a alcanzar a todo esto que pasa, cómo puede llegar a decir lo que siente el cuerpo, entonces no sé qué decir, pero estoy feliz, contenta en un momento en donde las palabras no alcanzan”.

María Soledad sostiene que “luego del llanto explosivo y de decirle a mi compañero, a mi hijo, que habíamos encontrado a Mario, fue empezar a sentir una suerte de alivio y una paz que nunca había sentido en tantos años de espera, de expectativa, midiendo la esperanza, buscando, todas acciones que son tan penosas, que tienen tantos ribetes. Fue como un gran alivio y lo primero que se me apareció es que ya no soy hija de un desaparecido, ahora que aparecieron los resto se que mi papá está muerto y ha sido asesinado en ese lugar”.

“Es difícil construir la imagen de un padre que no está y en esas circunstancias se buscan  recursos en cualquier lado. Ayudan por supuesto los familiares más cercanos como mi mamá que desde que nosotros recordamos nos habla de él y desde siempre, desde muy chicos,  tuvimos también la conciencia de que no teníamos su cuerpo, de que había que seguir buscándolo”, siguió Nívoli. Y recordó que su madre trabajó en el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos en Santa Fe muchos años “en una época en la que este tema además causaba dolor, causaba miedo, causaba rechazo, donde esto no estaba en agenda y era muy difícil hablarlo y sobre todo inscribirlo jurídicamente. Mi mamá siempre se empeñó en que eso sucediera, pero bueno, cuando uno empieza a crecer las cosas empiezan a cambiar. Recuerdo haberlo hablado siempre mucho, haberlo contado, haberlo explicado y haberme formado mucho en este tema”.

En ese mismo sentido, María Soledad contó que estuvo muchos años ocupándose del tema de la desaparición de su padre, de cómo fue su muerte, “esa muerte dudosa sin tener un acta de defunción, de una presunción de fallecimiento. Cuando fui acercándome a la edad en la que a mi padre lo secuestraron sentí que algo de su sombra me estaba impidiendo hacer mi vida o me estaba impidiendo poder continuar, entonces tomé una decisión que fue muy saludable que fue empezar a hacer una investigación sobre el lugar donde nació y a partir de unas fotos que él sacó y con un compañero fotógrafo, Gustavo Dastoro y con mi compañero de entonces, Manolo Ferraro, iniciamos viajes, fuimos a Ucacha donde nació, a Las Perdices donde hizo su secundario, viajamos a Santa Fe, a Concordia, fuimos sacando fotos a partir de su mirada, ahí me pude enterar de muchas cosas, de quién era Mario Alberto Nívoli, un joven muy inteligente, muy estudioso, muy lector, a quien le gustaba mucho la música, era baterista, tenía un grupo de rock, le gustaban muchísimo los Beatles, le gustaba jugar al billar y le gustaba mucho la fotografía, o sea que tenía un alma sensible o artística muy importante y desarrollada”.

Nívoli después se fue a vivir a Santa Fe para estudiar ingeniería química en la Universidad Nacional del Litoral donde conoció la militancia y asumió un compromiso militante, primero en la Juventud Peronista y luego en Montoneros, y allí también conoció a la mamá de María Soledad, se casaron y tuvieron a su hermano. Luego se mudaron a Concordia porque la triple A puso una bomba donde vivían y terminaron en Córdoba. “Ahí, en plena dictadura, en septiembre del 76 nací yo y en febrero del 77 lo secuestraron cuando yo tenía cuatro meses y medio” recordó María Soledad. Y agregó: “La historia de él es la historia de una generación de jóvenes que verdaderamente estaban convencidos de que esa militancia, ese compromiso, iba a lograr que la sociedad fuera más justa”.

La docente universitaria destacó que la historia de su madre “es la historia de una persona con tanta fortaleza como tantas otras que conocemos en nuestro país. Tantas madres, tantas abuelas, esposas, que en ese momento eran muy jóvenes. Mamá tenía 26 años, no trabajaba y por suerte tenía su título de maestra y cuando nos fuimos a Santa Fe a vivir con nuestros abuelos maternos el colegio San José la tomó como maestra sin preguntarle nada. En ese momento era muy difícil, y más con su apellido, y ella sostuvo militante el apellido de casada hasta que dejó de ser peligroso”.

María Soledad también recordó que su madre  no sólo tuvo que cuidar a dos chicos muy pequeños y trabajar doble o triple turno. Pero además, “militó de manera muy consciente cada una de las leyes que fueron amparándonos a nosotros como hijos de desaparecidos. Entonces tuvo una vida muy dura, muy estoica, pero se mantuvo siempre firme en esa militancia de la memoria. Y cuando dictaron la sentencia del mega juicio de La Perla, en octubre del 2016, vivimos un momento fundamental para el país y para nuestra familia, un momento muy esperado por ella que estaba obsesionada con el hecho de que mi papá no había tenido un juicio, no había tenido un proceso legal, no había sido acusado de algo, no se habían seguido las líneas legales”.

“Yo recordaba que cada vez que íbamos a las marchas, cuando se cantaba en ese momento, paredón, paredón, para todos los milicos que vendieron la nación, mi mamá dejaba de cantar. Ella nunca cantó eso porque ella no creía en la pena de muerte y no creía en la venganza. Creía en la justicia, siempre creyó y nos lo transmitió firmemente. En el momento en que se dictó sentencia, mi mamá como que se relajó y hace 10 años que está cursando una enfermedad, una demencia degenerativa, que la tiene muy alejada del mundo, de lo que está pasando. Pero cuando supimos del hallazgo de los restos de papá fuimos a visitarla a la residencia en la que está para contarle con flores, con fotos de mi papá, lo que había ocurrido. Algo en sus ojos indica que lo recibió y esos abrazos que tanto hubiese merecido, de consuelo que nunca tuvo, y que ahora me lo dan a mí, se lo dimos porque ella se lo merece”.