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El insulto y la agresión como marca discursiva en el relato presidencial

Por: Lic Hugo Marengo – Profesor Titular de “Comunicación y discurso político” en la licenciatura en Comunicación Social (UNR)

A nivel discursivo, “dar marca” o “constituir en marca” a una entidad, empresa o persona se refiere a como esta/e se presenta y se comunica a través de su lenguaje y estilo. Esto no es un dato menor, ya que siempre implica la creación de una identidad verbal que singulariza y distingue,  y se ve reflejada en todos sus mensajes, discursos y comunicaciones.

Desde los tiempos en los que oficiaba de panelista en programas diversos de televisión y hasta su asunción como presidente de los argentinos en diciembre de 2023, Javier Gerardo Milei como enunciador ( La Libertad Avanza) pronuncia insultos, descalificaciones o ataques que se suceden consecutivamente en discursos, entrevistas y redes sociales. Sin lugar a dudas, este hecho ha construido una identidad a nivel discursivo que se consolida hoy en su investidura presidencial. Un estilo disruptivo, exasperado y violento, teniendo en cuenta los mandatarios que lo precedieron.

Eliseo Verón (1935-2014) semiólogo, sociólogo y antropólogo argentino, a lo largo de toda su teoría de los discursos sociales, cuando analiza al discurso político, plantea que el mismo siempre está habitado por un otro positivo, llamado prodestinatario (fuente de legitimidad de su discurso), y un otro negativo o contradestinatario, que se construye activamente en el discurso para ser negado o combatido, y que le permite al enunciador establecer su propia identidad y discurso por contraste.

Este otro negativo, este enemigo dentro del discurso presidencial, es construido en sus posteos en redes sociales, en las entrevistas que ofrece a sus periodistas amigos y consecuentes o en los discursos o apariciones mediáticas, donde la mesura en sus análisis económicos para tratar de explicar didácticamente diversos temas de gestión, se contrasta con los exabruptos e insultos a quienes piensan distinto que él o son críticos del gobierno, y este arco es amplio, dependiendo del día, las declaraciones y su humor. Puede ir desde artistas, universidades, pasando por científicos, medios de comunicación, movimientos sociales, feminismos, trabajadores, políticos y periodistas entre otros.

Esta descalificación del “enemigo” construido en el discurso, se traduce en ataques desmesurados, agravios, adjetivaciones negativas y principalmente está dirigido a políticos de la oposición, periodistas y economistas críticos a la gestión desde que asumió su cargo. Las faltas de respeto se suceden  a través de calificaciones como  “casta”, “basura”, “rata”, “soretes”, “mandriles”, “imbéciles”, “parásitos”, “kukas”, “zurdos” (entre otros y podríamos seguir), y están destinadas a descalificar a todo aquel que piense distinto u opine sobre las medidas de gobierno críticamente. Esta caracterización alimenta a los discursos violentos y de odio que proliferan y se intensifican en redes sociales. Descrédito y humillación contra el que piensa distinto o visibilice algún tema. Así el insulto presidencial se naturaliza en los ciudadanos y en el imaginario social como algo común, y como la respuesta merecida para tal o cual sector, no aceptándose el debate de ideas tan necesario en los actuales contextos democráticos.

Estos insultos y agresiones como marcas distintivas del discurso presidencial se adecúan a las características de lo que se denominan discursos de odio, constituyendo un relato ofensivo dirigido a un individuo o grupos. En primer lugar, se pueden materializar en cualquier forma de expresión, incluidas imágenes, dibujos animados o ilustraciones, memes, objetos, gestos y símbolos y puede difundirse tanto en Internet como fuera de él. Desde la cuenta de la red social X del presidente, de algunos funcionarios o de sus fanáticos a través del streaming se difunden memes, ilustraciones o videos generados por inteligencia artificial dirigidas a estos contradestinatarios. En segundo lugar todas las expresiones son “discriminatorias” (sesgado, fanático e intolerante) o “peyorativo” (basado en prejuicios, despectivo o humillante) de un individuo o grupo. Y en tercer lugar, se centran en “factores de identidad” reales o percibidos de un individuo o grupo, que incluyen “su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia o género”, pero también en otras características como su idioma, origen económico o social, discapacidades 8tengase en cuenta los improperios destinados al menor autista Ian Moche), estado de salud u orientación sexual, entre otras muchas.

 Para cada sector, grupo o blanco de los agravios existe una palabra o frase que los explica, caracteriza y diferencia. Párrafo aparte merecen los ataques dirigido a la prensa y a los periodistas, que pasaron a ser los “ensobrados”, “pauteros”, “sindigarcas”, “ñoños republicanos”, “mentirosos patológicos”, “basuras asquerosas”, “zurdos” y “mandriles” entre otros, y que dan cuenta también de una incitación a la violencia y de una guerra contra los medios de comunicación en el país además de una estrategia oficial contra el ejercicio del periodismo. “El periodismo va camino a desaparecer”, dijo el ministro de Economía Luis Caputo, y durante el mes de abril de este año el primer mandatario redobló la apuesta: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”, “hay que odiarlos más”, empezó a decir en sucesivas apariciones. En sintonía mundial, esta es una frase que vienen usando los admiradores del presidente norteamericano Donald Trump desde 2002 y esta ira o enojo alimentado hacia la prensa, por ejemplo, son una práctica muy común de los líderes de la ultraderecha en el mundo. Estos mensajes son replicados por sus seguidores y amplificados por las redes sociales, en medio también de la desinformación que circula creada desde el mismo ámbito.

Lamentablemente, con estos ataques sucesivos se vulnera el rol del periodismo y los derechos constitucionales a la expresión y a la información. Quedan muy atrás la discusión política tradicional, los espacios de debate y las conversaciones que establecen los políticos con la sociedad  para mejorar la vida democrática. Los ciudadanos, en tanto, son espectadores de un relato único, que roza lo idílico, construido sobre agravios y en base de entrevistas del presidente dadas a sus amigos o simpatizantes de su espacio partidario, donde nadie puede cuestionarle o discutirle nada.

En este contexto de representación del odio, es vital pararnos desde la vereda de la empatía, la construcción del lazo solidario, y la libertad donde los periodistas puedan informar y denunciar, y que esa información tenga garantía de verosimilitud y veracidad. Lamentablemente esos insultos y agresiones sostenidos como marca discursiva del presidente, también resultan en una alarma para la vida democrática.