Diego Añaños analiza en “Radioactividad” el impacto político y económico de los reveses electorales de Donald Trump, Flávio Bolsonaro y los aliados internacionales del presidente argentino. En un escenario de caída de la actividad, aumento del desempleo y crecimiento del riesgo país, el Gobierno enfrenta un horizonte cada vez más incierto. Mientras tanto, los archivos de Javier Milei vuelven a poner en evidencia las contradicciones de su discurso.

“Lo peor ya pasó”. La frase se repite como un mantra entre los funcionarios del gobierno de Javier Milei, sin importar cuándo ni qué haya ocurrido. Siempre hay una promesa de futuro mejor, una tierra prometida que está a punto de llegar. Sólo falta escribirla con lápiz labial frente al espejo, como hacía Nacha Guevara en su programa de comienzos de los noventa: “Me gusta ser mujer”. Pareciera que el Presidente no solamente pretende gobernar a fuerza de decretos, sino también convencernos de que alcanza con decretar algo para convertirlo en realidad. Una suerte de combinación entre las doctrinas libertarias, la metafísica y el mindfulness, donde todo se resuelve con una afirmación positiva. Sin embargo, cruzar un río a caballo, como propone metafóricamente el oficialismo, parece demasiado esfuerzo para una sociedad que lleva tiempo esperando resultados concretos.
El problema es que los últimos diez días acumularon una sucesión de derrotas internacionales difíciles de digerir para la Casa Rosada. Desde el avance electoral de Lula en Brasil hasta el revés de Netanyahu y la contundente derrota de Donald Trump en Estados Unidos, Milei se quedó sin motivos para celebrar.
Sus principales aliados internacionales mordieron el polvo electoral y el panorama se vuelve todavía más complicado porque el Presidente se involucró personalmente en sus campañas, sin considerar las responsabilidades que implica representar a un Estado soberano. Aunque todavía es temprano para medir las consecuencias concretas de esas apuestas políticas, lo cierto es que jugar todas las fichas al mismo número puede terminar siendo una pésima estrategia. En cualquier caso, hay algo que ya no admite demasiadas discusiones: la situación económica y social argentina es responsabilidad del Presidente y de sus colaboradores. La caída de la actividad económica, la retirada de inversiones, la inflación que no cede, el aumento del desempleo y la pobreza y el crecimiento del riesgo país no encuentran su explicación principal en acontecimientos externos, sino en las decisiones macroeconómicas adoptadas desde el 10 de diciembre de 2023.
Las derrotas de los aliados internacionales abren, además, un escenario económico complejo. El resultado electoral de Brasil deja sentimientos encontrados para el Gobierno argentino. Por un lado, una eventual devaluación del real puede perjudicar la competitividad de nuestras exportaciones y favorecer un reflujo de capitales hacia colocaciones consideradas más atractivas. Por otro, la continuidad de Lula evitó un ajuste de orientación bolsonarista que podría haber desacelerado el crecimiento brasileño y deteriorado nuestra balanza comercial. De todos modos, las perspectivas indican que Brasil deberá ordenar sus cuentas públicas, por lo que difícilmente se convierta en la locomotora que necesita la administración libertaria para mejorar las expectativas económicas.
Más preocupantes resultan las derrotas de Trump y Netanyahu, porque representan los principales respaldos internacionales con los que cuenta Milei. En particular, un Congreso estadounidense bajo mayor control Demócrata podría complicar la posibilidad de que Trump disponga de un mecanismo permanente de asistencia financiera para la Argentina. De ahora en adelante, tanto el presidente estadounidense como Scott Bessent tendrán que concentrarse en preservar sus propias posiciones políticas antes que en sostener al mandatario argentino.
Y así llegamos a una conclusión cada vez más evidente: Milei se está quedando solo. Incluso dentro de su propio espacio aparecen señales de desgaste y el Presidente deberá apoyarse cada vez más en sus propias capacidades para intentar conseguir la reelección. No parece prudente imaginar que el mundo saldrá periódicamente a financiar la incapacidad de un gobierno para resolver sus propios problemas.
El crecimiento del riesgo país de los últimos días es una señal de esa fragilidad. En política, a veces es mejor permanecer callado, porque escupir para arriba nunca suele ser una buena idea y los archivos son inmisericordes. El 16 de diciembre de 2018, Javier Milei escribía en Twitter, frente al aumento del riesgo país: “Los inútiles de Cambiemos dicen que sube por el temor a Cristina Fernández de Kirchner. Por un lado, el riesgo país sube porque el país tiene un endeudamiento explosivo que lo hace insolvente. Por el otro lado, si Cristina Fernández de Kirchner crece es porque los Cambiemos son unos incompetentes gobernantes”. Una verdadera profecía política que, ocho años después, adquiere el valor de una confesión anticipada. O, como diría Fito Páez, “un déjà vu de lo que está por venir”.