Frente a los intentos oficiales por disimular el parate económico, los indicadores del INDEC y el endeudamiento familiar para comprar comida revelan las grietas de un programa cuyo impacto asimétrico ahonda la vulnerabilidad y la falta de confianza. Por Diego Añaños.

La narrativa oficial suele chocar de frente con los datos reales de la economía. Para intentar refutar las noticias sobre el parate de la actividad, el gobierno buscó mostrar imágenes de centros comerciales concurridos. Sin embargo, los registros oficiales del INDEC marcaron una realidad muy distinta: las ventas en shopping cayeron un 4,9% interanual en junio y acumulan un retroceso del 2,7% en lo que va del año. La parálisis se extiende a los motores productivos, con una baja interanual en julio del 5% en la industria manufacturera y del 4,5% en la construcción.
El enfriamiento de la economía se hace evidente al contrastar el primer semestre de 2026, donde la actividad creció apenas un 1,5%, frente al 6% registrado en el mismo período del año anterior. La brecha entre los pronósticos y los hechos no ha dejado de ensancharse: tanto el Banco Mundial como el FMI recortaron sus estimaciones iniciales del 4% de crecimiento, mientras que el Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central redujo sus proyecciones del 3,2% en enero al 2,1% actual. Las promesas sobre los mejores meses por venir parecen postergarse indefinidamente en el horizonte.
La contracción macroeconómica tiene un correlato directo y dramático en la microeconomía de los hogares. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, tres de cada diez familias argentinas han tenido que pedir préstamos a allegados o financieras para afrontar sus gastos cotidianos. Aún más alarmante es el informe del Instituto Periferias, que señala que el 60% de los hogares en barrios vulnerables debió endeudarse para comprar alimentos. Esta crisis de morosidad no responde a irresponsabilidades individuales, ya que datos del Banco Central confirman que la mitad de los deudores actuales estaba al día hace dos años; el deterioro responde directamente al modelo imperante.
En una presentación ante estudiantes universitarios, el ministro de Economía admitió que el esquema actual genera un impacto asimétrico, favoreciendo al agro, la minería, los combustibles y las finanzas, mientras justificó el declive de la industria y el consumo bajo la noción de “destrucción creativa”. Asimismo, instó a los jóvenes a convencer a sus padres de volcar al sistema bancario los dólares guardados fuera del circuito. Sin embargo, la falta de confianza en las garantías de la ley de inocencia fiscal parece generalizada, alcanzando incluso al propio entorno familiar del ministro, cuyos casi 9 millones de dólares declarados permanecen fuera del país sin que la insistencia de sus seis hijos haya logrado cambiar su postura.