Ignacio Maderna, docente de la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la UNR, recorrió la evolución del arte de tapa y explicó cómo las portadas dejaron de ser simples envoltorios para convertirse en piezas capaces de definir artistas, géneros y épocas
Una tapa de disco puede ser mucho más que una imagen que acompaña a un álbum. Puede construir una identidad, anticipar el universo sonoro de un artista y convertirse, con el paso del tiempo, en una pieza cultural con valor propio. Sobre esa relación entre música, diseño e identidad conversó Ignacio Maderna, docente de la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la Universidad Nacional de Rosario.
El recorrido comenzó con los primeros discos y la función originalmente práctica de sus envoltorios: proteger el material y presentar la grabación. Con el tiempo, sin embargo, las tapas fueron adquiriendo un nuevo protagonismo hasta transformarse en parte inseparable de la experiencia de escuchar música.
Las portadas empezaron así a condensar mucho más que el nombre de un artista y el título de un álbum. Colores, tipografías, fotografías, ilustraciones y composiciones visuales comenzaron a construir códigos capaces de identificar géneros musicales, representar determinadas épocas y expresar la personalidad de quienes estaban detrás de cada producción.
Maderna recorrió algunas de las tapas más reconocidas de la música argentina e internacional y puso en diálogo ejemplos tan diversos como The Beatles, Black Sabbath, Sex Pistols y The Rolling Stones, junto con trabajos vinculados a Babasónicos, Fito Páez, Gustavo Cerati, Luis Alberto Spinetta y Sui Generis.
En ese recorrido apareció especialmente la figura de Alejandro Ros, uno de los grandes referentes del diseño gráfico argentino. Su trabajo permitió analizar cómo una portada puede sintetizar conceptos complejos mediante recursos aparentemente simples: una determinada combinación de colores, una forma, una fotografía o una imagen que termina asociándose de manera inmediata con una obra musical.
La conversación también permitió observar cómo cada género fue construyendo su propio universo visual. El heavy metal desarrolló una estética reconocible, cargada de determinadas imágenes y símbolos; el jazz exploró otras formas de representación; la cumbia construyó sus propios códigos y el punk llevó el diseño hacia una lógica más urgente y artesanal.
En particular, el movimiento punk introdujo con fuerza la idea del “hazlo tú mismo”, una concepción que también transformó la manera de producir las portadas. El diseño dejó de depender necesariamente de grandes recursos y pasó a incorporar una estética deliberadamente artesanal, directa y experimental.
En tiempos de plataformas digitales y reproducción por streaming, aquella función de la tapa pareció perder parte de su centralidad. Sin embargo, el regreso del interés por los formatos físicos volvió a poner en primer plano la dimensión material de la música: el disco como objeto, la portada como pieza gráfica y el álbum como una experiencia que excede el momento de la escucha.
Así, la historia del arte de tapa también puede leerse como la historia de una transformación en la relación entre música e imagen. Lo que alguna vez fue un simple envoltorio terminó convirtiéndose en una parte fundamental de la obra: una pieza de diseño capaz de sobrevivir incluso cuando las formas de escuchar música cambian.