OPINIÓN: La politóloga Alicia Acquarone analiza en “El Día Está Después”, los riesgos de la reforma electoral en marcha, las polémicas “fórmulas cruzadas” de vices múltiples y el imperativo de construir un frente progresista genuino frente al hartazgo social con el bipartidismo tradicional.

Un piso para excluir
La discusión actual sobre la reforma electoral en las comisiones de la legislatura santafesina, trabada por la falta de acuerdos en torno al porcentaje del piso electoral, revela una preocupación profunda del oficialismo y los grandes partidos por restringir la participación ciudadana ante el temor de la dispersión del voto. No es lo mismo exigir un 3% del padrón total (que equivaldría a 84.411 votos con los números del 2023) que un 4% de los votos emitidos, que representaría unos 69.000 votos. Incluso se debate una propuesta de Unidos de fijar un piso plano de 100.000 votos.
Estas trabas buscan eliminar de raíz la competencia de expresiones políticas alternativas que se encuentran por fuera de los grandes aparatos partidarios, tales como en su momento lo fue Ciudad Futura o actualmente el Frente Amplio por la Soberanía. Para resguardar el carácter democrático y participativo, el piso electoral debería ser meramente simbólico, de entre el 0,5% y el 1%, permitiendo la participación de fuerzas minoritarias y dejando que sea el ciudadano quien elija libremente en el cuarto oscuro.
Alianzas de conveniencia
En este escenario, la escena política santafesina se ve sacudida por debates coyunturales que los actores van adaptando a sus necesidades de poder, como la polémica “idea de los vices”. Inspirada en la antigua ley de lemas, esta ingeniería electoral permitiría que un mismo candidato a gobernador compita encabezando múltiples listas independientes, cada una con un candidato a vicegobernador de diferentes partidos aliados.
Esta propuesta expone la desesperación y el condicionado volumen político de figuras como el actual gobernador, quien enfrenta serias complicaciones internas dentro de Unidos. La supuesta necesidad de sumar a La Libertad Avanza (cuyo único activo real en la provincia es el sello nacional y no un candidato de peso propio) para asegurar un margen clave de votos derechistas choca de frente con la histórica sociedad política que mantiene con el socialismo. Aunque existen dirigentes socialistas actuales dispuestos a ignorar la historia de su partido por conveniencia coyuntural, esta inclinación hacia la derecha profundiza las fracturas en las bases militantes, ya resentidas por las medidas de ajuste del gobierno provincial contra docentes y jubilados.
El salto cualitativo
Frente a una ciudadanía agotada de los armados tradicionales y sumida en un profundo hartazgo ante la estéril confrontación binaria del “pamperonismo” y el “antiperonismo” (que en última instancia solo favorece a la derecha), el surgimiento de una tercera fuerza real se vuelve indispensable para romper este estancamiento. Sin embargo, esta alternativa no debe buscarse en un “centro” desdibujado, que en la práctica histórica y política santafesina termina operando como derecha o centro-derecha.
El verdadero avance cualitativo para la provincia vendría del desgranamiento y la posterior articulación de los sectores verdaderamente progresistas del peronismo, del radicalismo y de las distintas vertientes del socialismo que aún sostienen principios fundamentales de soberanía, convivencia democrática y responsabilidad colectiva. Para que esta alternativa sea viable, los dirigentes deben abandonar personalismos, bajarse de sus caballos para discutir propuestas de fondo y asumir el riesgo de perder los puestos de poder actuales o potenciales en pos de una construcción colectiva superadora.