Pablo Semán analiza las raíces de la polarización en Argentina, el fenómeno de la “despolitización politizada” y por qué el rechazo al Estado no es una contradicción, sino una conclusión informada de la ciudadanía ante una institucionalidad que percibe como insuficiente.
La polarización en Argentina no es un fenómeno reciente nacido de las redes sociales, sino una característica fundante de su historia. Desde su nacimiento, el país se ha moldeado a través de oposiciones dicotómicas como “civilización y barbarie”, la tensión entre la capital y las provincias, y la persistente brecha entre peronismo y antiperonismo,
Según el sociólogo Pablo Semán, “estas divisiones, que a menudo se plantean en términos de exclusión mutua, han configurado un presente donde las tensiones actuales no son más que el relevo de conflictos previos no saldados democráticamente hasta hace muy poco tiempo”, como lo dijo en “Notas de Papel” en Radio UNR.
Un punto clave en el análisis es lo que Semán denomina la “experiencia infeliz” del ciudadano con el Estado.
Lejos de ser una contradicción que sectores beneficiados por políticas públicas voten contra el Estado, el sociólogo explica que la relación cotidiana es de fricción: horarios de atención obsoletos, falta de seguridad y una percepción del Estado como un “agente de daño” o un “proveedor insuficiente”.
Esta realidad ha empujado a un proceso de autonomización, donde la sociedad busca gestionar sus necesidades por vías propias, sintiéndose huérfana de opciones políticas que realmente resuelvan su día a día.
ANTIPOLÍTICA. Finalmente, el fenómeno actual de la “antipolítica” debe entenderse como una “despolitización politizada” e informada. No se trata de apatía o falta de conocimiento, sino de una desazón fundamentada; la gente sabe qué hacen los políticos y, tras diversas experiencias, concluye que no puede esperar nada de ellos.
Para Semán, el crecimiento de nuevas derechas es el efecto de una transformación social profunda en el modo en que la sociedad se vincula con el Estado, marcada por la autogestión de bienes y una sensación de desvalimiento que la ciencia política tradicional muchas veces no logra captar en su totalidad.