La columna Sonido Ambiente, de Jorgelina Hiba, abordó un problema ambiental poco visible pero con múltiples consecuencias: el exceso de iluminación artificial. El debate pone el foco en cómo la luz mal utilizada afecta la biodiversidad, la salud, el consumo energético e incluso la posibilidad de disfrutar del cielo nocturno
La iluminación artificial es una herramienta indispensable para la vida urbana, pero su uso excesivo o inadecuado tiene impactos que recién en los últimos años comenzaron a estudiarse con mayor profundidad. Ese fue el eje de una nueva edición de Sonido Ambiente, la columna de Jorgelina Hiba en Falso Vivo, que analizó el fenómeno de la contaminación lumínica y las alternativas para construir ciudades más sostenibles.
Uno de los ejemplos destacados fue un proyecto impulsado en Bariloche por vecinos, investigadores de la Universidad Nacional de Río Negro y del CONICET. La iniciativa busca demostrar que es posible iluminar calles y espacios públicos de manera eficiente, reduciendo el consumo energético y minimizando los efectos negativos sobre el ambiente.
La evidencia científica muestra que el exceso de luz altera los ciclos biológicos de numerosas especies. Aves, insectos y murciélagos modifican sus hábitos de alimentación, reproducción y orientación cuando permanecen expuestos a iluminación artificial durante toda la noche. A esto se suma la pérdida progresiva del cielo estrellado, una consecuencia cada vez más evidente en las grandes ciudades.
La columna también repasó experiencias implementadas en distintas ciudades de Europa y de Argentina, donde comenzaron a utilizarse luminarias inteligentes, con menor intensidad, mejor direccionadas y adaptadas a las necesidades reales de cada espacio. Estas soluciones permiten reducir el impacto ambiental sin comprometer la seguridad de peatones y conductores.
El análisis llegó además a Rosario, donde el crecimiento de pantallas LED de gran tamaño y carteles publicitarios sobre avenidas y autopistas abrió nuevas discusiones sobre el encandilamiento, el consumo innecesario de energía y la necesidad de actualizar las regulaciones sobre iluminación urbana.
Más allá de la tecnología disponible, la propuesta es revisar un paradigma instalado durante décadas: más luz no siempre significa mayor seguridad ni mejor calidad de vida. Iluminar de forma inteligente implica utilizar únicamente la luz necesaria, en el lugar adecuado y durante el tiempo indispensable, reduciendo costos, protegiendo la biodiversidad y recuperando la noche como parte del patrimonio ambiental.