• Tiempo de lectura:3 mins read

Secretos de la historia: Las disputas políticas y económicas detrás del Monumento a la Bandera

Mateo Grosso y Facundo Anselmi, integrantes del proyecto “Historizar”, analizan, en “Falso Vivo”, el largo proceso de construcción del Monumento, un dispositivo que trasciende lo arquitectónico para convertirse en el epicentro de la “argentinidad”.

El Monumento Nacional a la Bandera ha finalizado recientemente una etapa de obras que comenzó en 2015, atravesando diversas gestiones políticas y discusiones antes de lucir su fisonomía actual. Sin embargo, su historia de “larga duración” se remonta mucho más atrás de su inauguración oficial en 1957, estando marcada por proyectos que cambiaron de forma y ubicación según el contexto político y simbólico de cada época.

En “Falso Vivo” de Radio UNR, Mateo Grosso y Facundo Ansilmi, del grupo de historiadores de “Historizar” proponen un recorrido por uno de los símbolos más importantes de Rosario: el Monumento Nacional a la Bandera. ¿Cómo surgió? ¿Qué debates atravesó su construcción? ¿Qué representa hoy para la ciudad y para la memoria colectiva?

IDENTIDAD. Concebido no solo como una edificación, este espacio se erige como una herramienta identitaria excepcional, representando para los argentinos un símbolo federal que incluso supera la figura de la propia bandera para convertirse en “el monumento” por excelencia.

Los primeros intentos de conmemorar el paso de Manuel Belgrano por Rosario datan de 1872 con el ambicioso y “delirante” proyecto de Nicolás Grondona, que proponía dos emplazamientos: uno en la barranca y otro en la isla, aunque este último terminó sucumbiendo ante el río.

A lo largo de los años, el lugar de emplazamiento varió desde la costa hasta el casco histórico en la actual Plaza Belgrano, un movimiento cargado de simbolismo político donde las autoridades buscaban enlazar su imagen con la “promesa” de la obra futura mediante la colocación de piedras fundamentales.

UNO DE LOS CAPÍTULOS MÁS COMPLEJOS fue el de Lola Mora en las primeras décadas del siglo XX; sus esculturas, aunque hoy forman parte del Paseo Juramento, fueron inicialmente rechazadas por sectores que consideraban que no alcanzaban la “majestuosidad” requerida para una nación que celebraba su Centenario.

Finalmente, el proyecto definitivo de Ángel Guido, elegido en un concurso nacional en 1939, logró sintetizar una identidad “hispano-indígena” y federal. A pesar de ganar el concurso, la obra no estuvo exenta de dificultades, enfrentando crisis económicas y cambios de gobierno que dilataron su construcción desde 1943 hasta su inauguración definitiva tras el golpe de 1955.

Hoy, el Monumento se consolida como un espacio donde confluyen ciudadanos de todo el país, reafirmando a Rosario como un lugar central en el relato nacional, más allá de la hegemonía histórica de Buenos Aires.