OPINIÓN. Alicia Acquarone desmenuza una realidad argentina donde la desmemoria de los funcionarios, la parálisis de las instituciones y la aceptación social de la economía informal confluyen en un escenario de degradación democrática.

La reciente anécdota del vocero presidencial Manuel Adorni, quien “encontró” un pendrive con su declaración jurada para intentar despejar dudas sobre su patrimonio, no es para Alicia Acquarone un hecho aislado ni sorprendente, sino un síntoma de una patología mayor.
Lo que resulta verdaderamente preocupante no es el personaje en sí, sino la capacidad de la sociedad para darle cabida a estos discursos y la naturalización de una economía que, desde los años 70, se ha cimentado en la acumulación de riqueza “por izquierda”.
Acquarone plantea que vivimos en un “blanqueo de la pornografía de la sociedad argentina”.
Esta irregularidad no es exclusiva de la casta política; se filtra en la cotidianeidad cuando el ciudadano acepta un descuento del 10% por pagar en efectivo para evitar el IVA.
Según su análisis, esta complicidad estructural es la que permite que sectores que se autoperciben “limpios” sigan acompañando procesos que hoy ya no solo eluden impuestos, sino que rozan delincuencias atroces vinculadas al narcotráfico y el comercio de armas.
El diagnóstico se vuelve más sombrío al observar el silencio de las instituciones. Acquarone cuestiona con dureza la pasividad de la CGT, la desaparición de los partidos populares como la Unión Cívica Radical y, fundamentalmente, la inacción de un Poder Judicial que califica de “trágico”. Este último, al no dictar veredictos claros sobre temas urgentes como el financiamiento de la universidad pública, muestra “agujeros” de vergüenza que debilitan la democracia.
Incluso a nivel local, en Santa Fe, la crítica no cesa. Para la analista, las obras en el Monumento a la Bandera son apenas un “maquillaje chino” que no resuelve los problemas estructurales, una metáfora perfecta de una gestión política que prefiere cubrir grietas antes que sanear los cimientos.
Finalmente, frente a la inminente distracción de la “fiesta mundialista”, Acquarone advierte sobre el peligro de perder la conciencia crítica. Mientras el país se debate entre el fútbol y un ajuste que golpea a los asalariados, la realidad argentina parece estar descendiendo en lugar de acumular derechos, dejando a la sociedad en un estado de aceptada precariedad.