El dato del 3,4% de inflación en el último mes no solo pulveriza la principal bandera de éxito del gobierno, sino que expone la fragilidad de un presidente que prefiere actuar como cronista emocional antes que como conductor de la economía. Con inversiones en fuga y argumentos agotados, el “futuro feliz” prometido parece alejarse cada vez más de la realidad. POR DIEGO AÑAÑOS.

Se terminaron las especulaciones y el golpe ha sido directo a la línea de flotación. La inflación de marzo de Argentina, situada en un 3,4%, marca el registro más alto de los últimos 12 meses y empuja la interanual a un preocupante 32,6%.
Para una administración que convirtió la baja de precios en su único gran estandarte de gestión, este dato funciona como un misil que destruye la narrativa oficial. Lo más alarmante no es solo el número, sino la comparación histórica: el promedio inflacionario de la gestión de Javier Milei ya se ubica muy por encima de los peores momentos del kirchnerismo, superando incluso los techos del 25% que se registraban durante el segundo gobierno de Cristina Fernández, según estimaciones privadas.
Ante este escenario, la respuesta del presidente en la AmCham dejó en evidencia un daño profundo en la moral oficialista. En lugar de un plan concreto, vimos a un Javier Milei recurriendo a argumentos sorprendentemente endebles para un economista profesional.
Por un lado, intentó explicar el fenómeno mediante la estacionalidad; por otro, buscó culpar a supuestos ataques especulativos y a los medios de comunicación tras el éxito electoral de su espacio en la Ciudad de Buenos Aires.
Resulta paradójico que el “mantra” presidencial —que la inflación es “siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”— se desmorone ante sus propios ojos: la inflación sigue subiendo a pesar de que la base monetaria se mantiene fija desde hace más de dos años.
Milei se ha transformado en un cronista emocional de la realidad; nos cuenta que el dato le da “asco”, pero un presidente no está para expresar sentimientos, sino para resolver problemas.
Su pedido de paciencia y la advertencia de “no desesperar” remiten inevitablemente a las promesas incumplidas de gestiones pasadas, como las de Mauricio Macri. Mientras tanto, el ministro Luis Caputo insiste con que “lo peor ya pasó”, una frase que ha repetido sistemáticamente desde mediados de 2024 sin éxito alguno. Pero la realidad es concluyente y los “poderes fácticos” parecen estar dándole la espalda.
El año 2025 cerró como el primero en más de dos décadas con datos negativos de inversión extranjera directa, con gigantes del sector petrolero como Exxon Mobil, Shell o Petronas reduciendo drásticamente sus activos o retirándose del país. Como en el cuento de Andersen, cada vez es más evidente que el rey está desnudo. El gobierno se refugia en la construcción de un relato de felicidad futura para evitar hablar de los fracasos del presente, una receta que, como ya sabemos por la historia argentina, nunca llega a buen puerto.