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El fin del “modelo Orbán” y el enigma de la nueva derecha europea

Tras dieciséis años de hegemonía de la ultraderecha nacionalista, la derrota de Viktor Orbán en Hungría abre un escenario de incertidumbre donde la cercanía con la Unión Europea convive con dudas sobre la continuidad de un modelo económico y social restrictivo. POR PABLO BLISKY.

La derrota de Viktor Orbán tras dieciséis años en el poder marca un hito para la política europea, dado que se trata de un referente central de la “internacional de ultraderecha” que integran figuras como Trump, Milei y Meloni. Orbán, quien recibió visitas de apoyo de personajes como el vicepresidente de EE. UU. y el presidente argentino, representaba un modelo de nacionalismo autoritario que parecía inamovible. Sin embargo, el surgimiento de Peter Magyar ha logrado quebrar ese bloque, presentándose como una alternativa que, aunque proviene de las mismas filas del partido gobernante, propone una dirección distinta para el país; cuenta Pablo Blisky en su columna de política internacional en “La Marca de la Almohada”.

el perfil de Magyar genera sentimientos encontrados: por un lado, se lo ve como un personaje “reciclado” que rompió con Orbán recién en 2024, pero por otro, su discurso fuertemente europeísta y su énfasis en denunciar la corrupción estatal calaron hondo en el electorado.

Mientras que Hungría bajo Orbán se encontraba en un estado de “automarginación” dentro de la Unión Europea —rechazando el euro y votando sistemáticamente en contra de las iniciativas de Bruselas—, Magyar propone restaurar la relación con las instituciones democráticas y el estado de derecho. Esta “cara nueva” parece responder al hartazgo social frente al autoritarismo y la quita de derechos civiles.

No obstante, el recambio de liderazgos plantea un eje fundamental: ¿se trata de una transformación profunda o solo de una nueva relación con el mercado? Bajo las consignas de “propiedad, familia y mercado”, el sistema húngaro ha consolidado un neoliberalismo salvaje que a menudo se traduce en la pérdida de derechos para las mujeres, como las restricciones al aborto o al divorcio.

Si bien Magyar busca un acercamiento externo a Europa, persiste el temor de que su gestión mantenga los dogmas de la ultraderecha en lo interno, dejando abierta la pregunta sobre si el cambio será real o apenas cosmético.

Finalmente, el análisis nos lleva a un interrogante sistémico que trasciende las fronteras de Hungría: ¿el problema era Orbán o es el modelo el que conduce inevitablemente a la degradación institucional? La experiencia húngara sugiere que cualquier sistema neoliberal extremo corre el riesgo de derivar en un “capitalismo de amigos” o una cleptocracia. Al observar otros escenarios con fragmentación política y opciones limitadas a la derecha —como se ve en la inestabilidad de Perú—, queda claro que el desafío no es solo cambiar de nombre, sino evitar que la política se convierta en una estructura manejada por intereses ajenos al bienestar democrático.