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El circo de tres pistas: Trump, Milei y la falacia del sufrimiento necesario

El politólogo Diego Añaños reflexiona sobre el colapso político de Donald Trump, la dependencia de la gestión libertaria de sus caprichos y el mito bíblico que el gobierno argentino utiliza para justificar un ajuste que solo parece alcanzar a los ciudadanos comunes.

No suele pasar habitualmente, pero hay momentos en los que necesito que pare la locura. La catarata de datos que nos atropella todos los días parece no tener fin y me la paso en vano tratando de darle sentido a los acontecimientos. Hoy el mundo es una coctelera. Va, en realidad es una coctelera desde hace unos cuantos años, pero la segunda gestión de Donald Trump se está llevando todos los laureles de coctelera a circo de tres pistas, si quieren. El presidente de la principal potencia económica y militar global está en un verdadero problema. No solo no puede aspirar a su reelección, sino que sabe a ciencia cierta que en el mejor de los casos, si termina su mandato, le espera un largo trajinar por los tribunales federales de los Estados Unidos.

Y digo en el mejor de los casos, porque a medida que van pasando los meses, las posibilidades de que un juicio político se lo lleve puesto aumentan exponencialmente, no solo por la resistencia que fue generando en las filas demócratas, sino porque los mismos republicanos están comenzando a dudar de continuar apoyando un proyecto que se desploma aceleradamente. Como todos sabemos, la política puede ser muy cruel y aunque te acompañen hasta el cementerio, nadie se pierde con vos. Donald, además, nunca se anda con chiquitas: desde asegurar que Canadá debería transformarse en el estado 51 de la Unión hasta proponer comprar Groenlandia, desde imponer aranceles estratosféricos, gigantes, obscenos a todo el mundo, a quitárselos en cuestiones de semanas.

Desde invadir Venezuela y secuestrar a su presidente, asegurando que iba a descabezar al gobierno y llamar a elecciones, a cerrar un acuerdo con el madurismo residual; desde apoyar incondicionalmente al presidente ucraniano Volodímir Zelenski en la guerra con Rusia a maltratarlo en una conferencia de prensa para luego decirle que estaba solo en la disputa. Desde amenazar con eliminar la civilización iraní del mapa, a asegurar que trabajará con el nuevo régimen; desde poner un ultimátum de 48 horas para iniciar la ofensiva a presionar a Pakistán para que solicite una tregua de dos semanas, una tregua que al margen jamás existió. Todo es posible para un personaje que en 2016 aseguró que podía pararse en la Quinta Avenida y disparar a alguien sin perder un solo voto. Lo cierto es que hoy Trump no sabe cómo va a hacer para salir de Irán; necesita tiempo para procesar la derrota. Pero, ¿por qué en definitiva esto nos afectaría a nosotros?

En primer lugar, porque la suerte personal de Javier Milei está atada definitivamente a los caprichos trumpistas. Esto es bueno para la gestión libertaria si el capricho es otorgar un préstamo sumario para salir de una corrida cambiaria, un swap de monedas o mediar con el FMI para que se pasen por alto los incumplimientos de la Argentina. Pero es muy peligroso si un día Donald descubre que Javier no está colaborando como él lo espera o si sigue adelante con una guerra delirante que termina enrareciendo el ecosistema global de tal modo que las consecuencias terminan arrastrando en su caída a la Argentina. Como siempre decimos, hay escenarios buenos y escenarios malos; sin embargo, siempre el escenario peor es el de la incertidumbre y cuando la estabilidad depende de un delirante, estamos todos complicados y mucho. Y esa misma locura la tenemos instalada en la Argentina.

Como versión putativa de los delirios trumpistas, Milei pasa su propia insania por las redes y los medios de comunicación. En un capítulo más de un carnaval que parece no tener fin, anoche aseguró en una entrevista en la televisión pública que la motosierra sigue y sí, sigue para los ciudadanos comunes, pero no para su jefe de gabinete, ministros, secretarios y subsecretarios, que en lo que va del 2026 ya recibieron aumentos salariales por encima del 120%. Los mismos funcionarios que reciben del Banco Nación créditos express por montos gigantes y a tasa subsidiada para comprarse propiedades. El mismo jefe de gabinete que viaja en avión privado y es como el aloe vera: cuanto más lo investigan, más propiedades le encuentran. Una runfla de atorrantes que, como si esto fuera poco, además nos dan lecciones de moral. El primero de todos es el líder Javier Milei, que todavía no puede explicar qué fue lo que pasó con Heiden Davis, las coimas de su hermana y la mar en coche.

Ayer hablando con mis compañeros de gimnasio empezaron a aparecer las preocupaciones por el destino del país. La mayoría se mostraba entre angustiado y preocupado, notando que íbamos en rumbo de colisión directa. En ese momento uno preguntó: ¿qué pasaría si en vez de asustarnos y pegar la vuelta en el medio del río como hicimos otras veces, cerramos los ojos, apretamos los puños y seguimos adelante? “Al menos yo quiero ver qué hay del otro lado”, dijo. Tratando de conservar la compostura, le contesté que estábamos partiendo de dos premisas equivocadas. La primera era comprar la eterna promesa de que primero hay que saber sufrir. Pareciera que el relato bíblico de los 40 años del pueblo de Israel en el desierto sigue operando como mito fundacional de la felicidad occidental judeocristiana; en las parábolas liberales siempre el sufrimiento precede a la gloria.

La cuestión es que siempre sus proyectos naufragan antes de llegar a la tierra prometida y lo único que queda es el padecimiento. La segunda falacia, y la más dañina, es la de presuponer que del otro lado hay algo; la realidad es que no hay nada, por más que sigan intentando sostener la esperanza prometiendo espejitos de colores.