En “Un Programa Perfecto” la psicóloga María Mercedes Giménez explica por qué el autismo debe entenderse como una “condición neurobiológica” y resalta la importancia de “adaptar los entornos sociales para lograr una verdadera integración”.
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) se define actualmente como una condición neurobiológica, descartando viejos mitos que lo vinculaban a la crianza o a factores externos como las vacunas. Hoy se habla de un “espectro” que abarca diversos niveles de necesidad de apoyo: desde el grado tres, donde las personas requieren ayuda constante debido a una discapacidad intelectual asociada, hasta casos de alto funcionamiento donde el diagnóstico puede llegar recién en la adultez.
“Lo fundamental es comprender que no se trata de una enfermedad que deba curarse, sino de una condición de vida que invita a que la sociedad sea más flexible y amable con las necesidades del otro”, dijo María Mercedes Giménez, psicóloga, especializada en autismo y presidenta de la fundación Casa de Familia en “Un Programa Perfecto” de Radio UNR.
Uno de los mayores desafíos para las personas con autismo reside en la comunicación y la interrelación social, ya que suelen procesar el lenguaje de manera literal, lo que les dificulta comprender chistes, metáforas o el doble sentido. Esta situación es especialmente compleja en la adolescencia, donde muchas personas —particularmente las mujeres— recurren al “masking” o enmascaramiento, imitando conductas sociales para encajar, lo que históricamente ha dificultado su diagnóstico.
DIAGNOSTICO COMO BASE. Por ello, recibir un diagnóstico, incluso en la etapa adulta, suele vivirse como un gran alivio, ya que permite a la persona entender sus propios procesos y tomar control sobre sus necesidades sensoriales y sociales.
Desde el año 2007, la Fundación Casa de Familia trabaja en la prevención, capacitación y tratamiento, haciendo un fuerte hincapié en el acompañamiento a las familias. El diagnóstico temprano se presenta como una herramienta esencial para organizar una terapéutica que permita “volver a la autopista” del desarrollo, pero el trabajo no termina en el consultorio.
El objetivo final es que instituciones como escuelas y clubes se adapten, eliminando la exigencia de que el niño o adulto autista deba dejar de ser quien es para poder pertenecer a un grupo. La transición de ver el autismo como algo “terrible” hacia una vivencia con mayor libertad y apoyo comunitario es el gran cambio cultural de las últimas décadas.