Mientras el oficialismo se refugia en puestas en escena mediáticas para evitar el debate económico, la recesión se profundiza y la brecha entre los precios y los ingresos se vuelve insalvable para el trabajador.

En su habitual comentario económico en Radioactividad, el profesor Diego Añaños se metió en el laberinto económico que el Gobierno Nacional de Javier Milei intenta eludir.
Una agenda de corrupción parece haberse instalado como el refugio predilecto de un gobierno que busca, con desesperación, eludir el debate sobre la situación económica actual.
A través de montajes mediáticos de baja calidad y actitudes desafiantes de sus voceros, se intenta mantener encendida una llama que distraiga la atención de una crisis que ya no se puede ocultar con retórica. Sin embargo, este “placebo” de novela mediática tiene fecha de vencimiento: la realidad de las heladeras cada vez más vacías choca de frente con cualquier estrategia de comunicación diseñada para adormecer a la población.
A pesar de que los sectores más fanáticos se resisten a verlo, la economía argentina atraviesa una fase recesiva innegable.
El equipo económico, liderado por Luis “Toto” Caputo, ha optado por un discurso triunfalista basado en variables elegidas arbitrariamente, omitiendo un análisis profundo sobre el comportamiento real de los datos. Se jactan de un crecimiento traccionado por apenas tres sectores, mientras ocultan que el consumo masivo se hundió un 6,3% en febrero y que la desocupación abierta ha comenzado a escalar, alcanzando el 7,5% a finales del año pasado.
Esta combinación de ajuste fiscal y monetario, sumada a la baja de las jubilaciones y la suspensión de la obra pública, conduce irreversiblemente a un escenario crítico.
Presentar estos resultados como un éxito frente a cualquier estudiante de economía resulta un papelón, especialmente cuando se ignora que la creación de empleo informal es lo único que compensa, precariamente, la destrucción de puestos de trabajo formales. Si el equipo económico no registró que este camino llevaba a la crisis desde el primer día, la duda que queda es si estamos ante un plan deliberadamente salvaje o ante una gestión de inútiles.
Finalmente, es imperativo entender que incluso si se lograra la proeza de llevar la inflación a cero, el problema de fondo para los trabajadores persistiría. Utilizando la analogía de los cazadores y su presa, si los salarios quedan rezagados frente a los precios, no basta con que la inflación se detenga; si los ingresos no caminan más rápido que los aumentos ya acumulados, jamás se recuperará la capacidad de compra. Sin una demanda efectiva que sirva de combustible, el sistema capitalista simplemente no funciona, independientemente de la ideología que se profese desde el poder.