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Democracia, memoria y justicia. A 50 años del inicio del “Proceso de Reorganización Nacional”

Por: Ezequiel Berlochi – Licenciado en Ciencia Política – Docente Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales-UNR  

Escribir sobre los años del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” siempre es complejo, incluso difícil. No sólo por la tragedia humana que significó el sistemático secuestro, tortura y desaparición de miles de personas, la apropiación de niños y niñas, los exilios, las familias rotas. La complejidad radica también en la multiplicidad de aristas que presenta el proceso histórico-político iniciado el 24 de marzo de 1976.

A la violencia desatada por el Estado, en un contexto en que ésta se había erigido como un instrumento más de la política en los años ‘70, se le debe sumar el manto de silencio que cayó sobre la sociedad impulsada por la autocensura de la mayoría de los medios de comunicación que convergieron, por lo menos hasta la fase final de la “aventura” en Malvinas, en una voz monocorde alineada con el gobierno de facto. De igual forma, la aplicación de un plan económico que coadyuvó al proceso de desindustrialización y que estuvo muy lejos de lograr las metas que se habían enunciado generó el quiebre de pequeñas y medianas empresas, despidos en las empresas más grandes que se volcaron al mercado financiero gracias a la “plata dulce” abonando de ese modo el aumento de la desocupación y la pobreza, así como también se inició el proceso de endeudamiento externo que llega hasta nuestros días, entre muchas otras dimensiones de las que marcaron el periodo.

A 50 años de aquel 24 de marzo, su sombra todavía se cierne sobre la democracia argentina. Democracia que no hay que olvidar, tendió a constituirse como una respuesta directa al pasado dictatorial y que, con avances y retrocesos, aciertos y errores, logró a lo largo de buena parte del ciclo democrático inaugurado en 1983 enjuiciar a los responsables de la mayor tragedia humana que azotó a nuestro país, proceso iniciado con los históricos juicos de 1985 y que continuó a partir de 2005 con la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

Si traemos a colación el inicio del ciclo democrático, es porque consideramos que la democracia se constituye como el elemento opuesto a todo lo que la dictadura representó en su momento y que parece estar volviendo nuevamente a la palestra en la actualidad, con las reivindicaciones explicitas al proceso represivo que lejos de tratar de “ampliar la mirada” sobre el tema, defienden lo indefendible. En ese sentido, quizás sea relevante hacer un ejercicio de pensar antitéticamente algunas aristas.

En primer lugar, podemos hacer mención a la Justicia. Como dijimos anteriormente, el momento refundacional de la democracia argentina tuvo lugar con la realización de los juicios de las tres primeras juntas militares en 1985, a lo que le sucedió años más tarde la reanudación de juicios a todos los implicados en crímenes de lesa humanidad. Cabe resaltar que todos los implicados gozaron de las garantías constitucionales y del Estado de derecho, con posibilidad de defenderse, situación que había sido negada en los años de la dictadura. Esto último es relevante, dado que en los últimos años desde algunos sectores se ha tendido a pensar la reanudación de los juicios como una especie de afán revanchista, lo cual es una falacia debido a, precisamente, la implementación de las garantías al debido proceso.

Un segundo punto también relevante tiene que ver con un aspecto central en toda democracia, como lo es la pluralidad de voces y el derecho a la libre expresión sin que ello implique represalias o amonestaciones por parte del Estado. Uno de los puntos más caros al liberalismo político, pieza primordial de la democracia en occidente, la libertad de expresión se constituye como una pieza fundamental de cualquier sociedad. Si bien es cierto que la realidad dista mucho de visiones un tanto idealizadas de la esfera pública, tal como la concebía Jurgen Habermas por ejemplo, esta cuestión se convirtió en pieza central de una sociedad pluralista, más allá de ciertas limitaciones que parecen comenzar a vislumbrarse producto de la ampliación y consolidación de las redes sociales. La posibilidad de expresarse sin miedo y con libertad fue una de las conquistas de la sociedad democrática frente a la única expresión del Estado y sus voceros corporativos durante los años del “Proceso”.

Un último tópico que nos interesa traer a colación refiere a la memoria, en particular, al decir de Tzvetan Todorov, al uso ejemplar de la misma. Cuando hablamos de ejemplaridad de la memoria, referimos a que esta debe ayudarnos a comprender el pasado y actuar sobre el presente. En ese sentido, dos elementos se relacionan directamente con este tema. Por un lado lo que referíamos anteriormente sobre la justicia actuando contra la saña y la criminalidad del Estado que en los años de la dictadura se había convertido en juez, jurado y ejecutor en la clandestinidad, ejerciendo una violencia indiscriminada y criminal sobre la sociedad en su conjunto, contando para ello con una cobertura mediática que legitimó su accionar.

El segundo elemento, refiere al eje rector del proyecto democratizador impulsado por Alfonsín a partir de 1983 que puede sintetizarse en la icónica frase “Nunca Más”. Durante muchos años esta consigna impulsó la movilización social, pugnando por avanzar por la vía de la Justicia para encontrar a los desaparecidos, cerrar miles de heridas abiertas, restituir la identidad a cientos de niños y niñas que desconocían su propia historia. Con aciertos y errores, el Estado logró edificar una política pública de memoria, verdad y justicia, responsabilizándose por los crímenes cometidos en el nombre de la Nación.

A cincuenta años de aquel fatídico 24 de marzo, debemos continuar y profundizar el legado democratizador. Recuperar la democracia como una forma de vida y de relación entre iguales y no como un mero mecanismo selector de gobernantes. A los cuestionamientos por las falencias de la democracia, los debemos tomar y hacernos cargo para mejorar. Sólo así podremos fundar un ordenamiento democrático, plural e inclusivo para nunca más volver a repetir los momentos más oscuros de nuestra historia.