Bajo la excusa del programa nuclear, la alianza entre Estados Unidos e Israel desata una escalada bélica que busca el control de minerales críticos y el quiebre de la soberanía energética de China, mientras la diplomacia internacional se hunde en un profundo cinismo. Por Pablo Bilsky.

La situación que estalló el último sábado de febrero no es un evento aislado, sino el resultado de negociaciones en Ginebra que fueron empantanadas deliberadamente por la intransigencia de Occidente ante el programa de enriquecimiento de uranio iraní. Este segundo ataque conjunto de Israel y Estados Unidos en apenas ocho meses —enmarcado en una presidencia de Donald Trump que ya suma ocho países bombardeados en poco más de un año— busca imponer la doctrina del monopolio atómico occidental como supuesta garantía de paz. Sin embargo, la respuesta de Irán contra bases norteamericanas en siete países del Golfo Pérsico evidencia que estamos ante una guerra desatada donde la venganza y la escalada militar han reemplazado cualquier intento genuino de diplomacia.
Detrás de la retórica de seguridad se esconde un objetivo mucho más tangible: el control de los recursos naturales estratégicos. Irán no es solo un gigante del petróleo y el gas, cuyo precio ya se ha disparado afectando la matriz energética mundial; es también uno de los 15 países con mayores reservas de minerales críticos como litio, cobre, oro y zinc, esenciales para el complejo militar-tecnológico. Además, la ofensiva busca asfixiar económicamente a China, cortando uno de sus principales flujos de suministro energético, una táctica de pinzas que Estados Unidos ya ha aplicado con éxito parcial en Venezuela y Rusia.
El panorama internacional está teñido de un cinismo alarmante en las narrativas dominantes, donde se condena el contraataque iraní sin mencionar la agresión inicial de la alianza Washington-Tel Aviv. Resulta llamativa la selectividad con la que se denuncian las violaciones a los derechos humanos y la opresión de las mujeres en Irán, mientras se guarda silencio cómplice ante situaciones idénticas en países aliados como Arabia Saudita. En este escenario de tibieza generalizada, la decisión del gobierno español de Pedro Sánchez de evacuar aviones estadounidenses de las bases de Rota y Morón destaca como una de las pocas acciones que han ido más allá de las palabras vacías de los organismos internacionales.
Finalmente, es crucial entender que este conflicto también se juega en el plano interno de las naciones involucradas. En Irán, existe una oposición que desea un cambio de régimen y el fin de la represión, pero que rechaza de plano una intervención extranjera que ignore su autodeterminación. Mientras tanto, en Estados Unidos, Trump enfrenta una oposición interna del 60% y acusaciones de sectores republicanos que ven en este bombardeo una maniobra para distraer a la opinión pública de escándalos domésticos, como el caso Epstein. En medio de este juego de intereses, es la población civil la que, una vez más, termina pagando el precio más alto por una guerra que parece no tener un final cercano.