Diego Añaños puso el foco en una contradicción central del discurso oficial: se promete más empleo y mejor calidad laboral atacando derechos, cuando el verdadero problema es la falta de actividad y de consumo

En su habitual comentario económico en Radioactividad, el profesor Diego Añaños desmontó uno de los pilares discursivos del Gobierno nacional: la idea de que la reforma —o “modernización”— laboral es el camino para mejorar la empleabilidad y la calidad del trabajo. Lejos de una discusión ideológica, Añaños planteó una crítica basada en hechos concretos y en la inconsistencia entre los objetivos proclamados y los medios elegidos.
“El problema no es filosófico, es fáctico”, sostuvo el economista. Y para explicarlo recurrió a un ejemplo cercano: un industrial cordobés, con décadas de trayectoria, que en los últimos años debió reducir su planta de personal a la mitad. “Nunca me dijo que el trabajador fuera caro. Su único problema es que no vende. Vende el 20% de lo que vendía antes”, relató.
Ese testimonio sintetiza el núcleo del planteo: ninguna flexibilización laboral puede generar empleo si no hay demanda. “Aunque hoy le lleves trabajadores esclavos, no los va a tomar”, explicó Añaños. El obstáculo no es el costo laboral, sino el derrumbe del nivel de actividad.
Desde esa lógica, el profesor cuestionó la premisa central de la reforma. “Pensar que se va a mejorar la calidad del empleo empeorando las condiciones de trabajo es una mentira”, afirmó. No una mentira ideológica, aclaró, sino una mentira empírica. La evidencia, dijo, muestra que cuando no hay trabajo, la flexibilización ya existe de hecho.
Como ejemplo citó una escena que se repite cada vez con más frecuencia: miles de personas haciendo fila durante cuadras para acceder a un solo puesto laboral. “Eso ya es flexibilización laboral”, remarcó. Personas dispuestas a trabajar por menos salario y en peores condiciones, no porque lo elijan, sino porque no hay alternativas. Y aun así, el empleo no aparece. “El problema no son las leyes laborales, es el nivel de actividad”, insistió.
Añaños recordó además que la Argentina ya conoció períodos cercanos al pleno empleo con el mismo marco legal que hoy se pretende modificar. “Eso es una prueba irrefutable de que puede funcionar”, señaló, desmontando la idea de que los derechos laborales son incompatibles con el crecimiento.
La columna cerró con una metáfora tan simple como contundente: un restaurante que invita a entrar con promociones y precios bajos, pero cuyo dueño cruza la calle para comer en el local de enfrente. Para Añaños, esa imagen describe con precisión la falta de confianza del propio establishment económico en el rumbo que promueve.
En ese sentido, recordó la reciente respuesta de la senadora Juliana Di Tullio al ministro Luis Caputo, cuando el funcionario instó a traer los dólares “del colchón” al sistema financiero. “Entonces traé la tuya”, retrucó la legisladora, en alusión a los capitales que funcionarios y exfuncionarios mantienen fuera del país.
El mensaje final fue claro: si quienes diseñan el programa económico no confían en él, difícilmente lo hagan los empresarios, los inversores o los trabajadores. Y sin confianza ni consumo, ninguna reforma laboral —por más nombres nuevos que se le pongan— podrá crear empleo genuino.