Palabras que están y que no: "Todos los diccionarios son políticos"
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14/11/2022

La doctora en Letras e investigadora del Conicet Daniela Lauría analizó diccionarios del español de la Argentina desde el siglo XIX para exponer cómo sus condiciones de producción gestionan incorporaciones, exclusiones y significados. Un acercamiento crítico a textos que se presentan como neutros

Autor:
Claudio de Moya

Los diccionarios, esos viejos compañeros antes en soporte papel y ahora también digitales, se presentan como una herramienta de consulta objetiva y transparente. Sin embargo, no son inocentes: hay una elección de las palabras que se incluyen y de las que no califican para estar, hay diferencias en los significados, jerarquías en las acepciones, distintas formas de organizarlos. No son un compendio de lo que se habla y escribe y sus sentidos, sino una construcción que está relacionada con quién los elabora y edita, cuándo y dónde lo hace. En resumen, están atravesados por una dimensión política. Es decir, con las relaciones de poder en cada momento histórico. Esto es lo que expone una larga investigación, de más de cinco años, que la investigadora del Conicet Daniela Lauría resume en su libro “Historia crítica de los diccionarios del español de la Argentina”.

Lauría, doctora en Letras y magíster en Análisis del Discurso, integra el Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y repasó en una entrevista con el programa ABC su interés por los diccionarios y cómo encaró un estudio crítico de los publicados en el país para desnudar de qué forma, también ellos, integran el territorio simbólico donde los conflictos políticos continúan y se refuerzan en cada época.

Su primer acercamiento a los diccionarios, en este caso los de argentinismos, dice, fue cuando era pasante en la Academia Argentina de Letras. “Me di cuenta de que las mismas palabras tenían significados distintos, en algunos casos muy distintos, en los diferentes diccionarios”. Fue así que al momento de elegir tema para la Maestría de Análisis del Discurso se decidió por el análisis de los diccionarios como construcciones discursivas. Es decir, “como relatos que se inscriben en determinadas condiciones de producción, porque no es menor saber quién, cómo y dónde se elaboró cada uno”.

 

 

Lauría hizo un recorrido histórico que le permitió reconocer grandes cambios en esos textos que reúnen palabras y significados. Lo que incluían y cómo, lo que dejaban fuera, los distintos tipos. Y relacionarlos con cada momento, con los proyectos de las élites, contrastarlos con los usos populares, detectar qué privilegiaban, qué voces consideraban correctas y a cuáles las reducían a curiosidades o periferias del lenguaje no por sí mismas, sino por quiénes las usaban. Ante esas pretensiones normativas hegemónicas, propone que los hablantes asuman el protagonismo, que se involucren en la construcción de los vocabularios y las gramáticas. Por ejemplo, en los llamados diccionarios colaborativos.

 

Las palabras y los siglos

“El primer diccionario se publica antes de que existiera la Argentina como Nación, durante el período rosista, en 1845”, inicia el repaso la investigadora y sigue con las tendencias que observa. “En las décadas del 70, sobre todo, y del 80 del siglo XIX, los diccionarios consignan ruralismos, es decir la vida del campo, la del gaucho de la zona litoral pampeana. En la década del 80 cambia y aparecen registrados con fuerza los indigenismos, ya concluida la «conquista del desierto». Pero se presentan como huellas, sustratos, referidos a una época que se entiende superada. Por eso los nombres de los pueblos indígenas conjugan en pasado”.

Los diccionarios expresan las épocas y acompañan los proyectos de Nación de las élites. “En la década del 90 del mismo siglo, empiezan a aparecer diccionarios fuertemente normativos, prescriptivos. Indican las palabras correctas y las incorrectas. Esto se interpreta a la luz del movimiento migratorio masivo. Muchas formas de hablar propias de las comunidades italianas o gallegas, por ejemplo, remiten en su mención a lo que hay que corregir”.

 

Un cambio, no una revolución

“Entrado el siglo XX, los diccionarios empiezan a flexibilizarse en la inclusión de marcar voces americanas o argentinas como distintas a las del español peninsular, que durante mucho tiempo, y hasta hoy aunque en menor medida, es la vara o la referencia de cómo hablar y qué definiciones son las apropiadas”, continúa Lauría el repaso.

“Hasta 2009, todos los diccionarios que se elaboraban en el país se denominaban de regionalismos, contractivos o diferenciales. Esto es, registraban sólo las palabras que no estaban incluidas en el diccionario de la Real Academia Española (RAE) o que estándolo, se usaban localmente con otro significado”.

Eran un complemento, si se quiere de menor jerarquía: “Marcaban lo específico del español de la Argentina. Entonces, había un diccionario general, el de la RAE, y los de regionalismos para términos específicos del país”.

La investigadora aclara que no es un fenómeno local, sino que se dio en todos los países de Latinoamérica. “Hay diccionarios de chilenismos, de uruguayismos, de mexicanismos y hasta de americanismos”. Esta diferenciación entre lo central o rector y lo periférico y por tanto menor, explica, “es producto del proceso de colonización, es su dimensión lingüística”.

 

Ni peor ni mejor, distinto

El cambio de siglo llegó con nuevos aires, que no renuevan totalmente la atmósfera. “Al menos en la Argentina y en México, se elaboran diccionarios propios generales. Entonces, ahí están palabras como mesa o silla (las generales) junto a las del apero criollo, como «gaucho»”.

La jerarquía entre vocabularios se relaja, pero no desaparece. Lo que cobra fuerza, sin embargo, es la idea moderna de lenguaje: “Hablamos distinto, no peor, porque tenemos historias diferentes y vivimos en lugares distintos”, sintetiza Lauría.

En consonancia con esa emergencia en los textos del habla de las calles y los barrios, que arrastran y expresan sus historias en el lengiaje, comienza a diluirse la autoridad de la institución que se reclama rectora del español. "La RAE es una institución con tres siglos de vida que se creó con determinados fines, muy ligada a la monarquía española, a la idea de imperio, y no hay que perder de vista su espíritu conservador. Si bien hoy apela a la diversidad, al consenso con los hablantes de América, sigue presentándose como el referente de lo correcto, la vara para discriminar lo que es y no es pertinente", repasa la investigadora.

Por eso, Lauría remite a esa historia de la RAE, que le impone una rigidez inconsistente con épocas de aperturas. En base a eso, señala que no hay que insumir grandes esfuerzos para que refleje el habla actual en toda su diversidad. Por ejemplo, respecto al llamado lenguaje inclusivo. "No es tan importante, la academia tiene esas limitaciones, para qué pedirle cosas que sabemos que se va a negar". En cambio, reclama el protagonismo de los hablantes en la construcción de esos instrumentos lexicográficos. Hay formas, dice, que ya están en marcha: son los diccionarios colaborativos, en la línea, por ejemplo, de Wikipedia. Lo de la Academia es el pasado. Más allá, o tal vez por eso, de su restricción ideológica, "sigue utilizando técnicas lexicográficas creadas hace dos siglos, con citas académicas o literarias que se alejan de las prácticas linguisticas concretas", describe la necesidad de generar otros diccionarios.