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“Perdí… y tengo que pagar”

09/06/2015

Entrevista a María Eugenia Márquez, psicóloga del Irar

Foto: Rufinoweb.com
Autor:
Andrea Ripari

Cada vez son más los chicos que por alguna razón se encuentran en conflicto con la ley. Pero mientras la justicia se toma su tiempo para determinar qué medidas implementan al respecto, ellos permanecen encerrados en el Instituto de Recuperación del Adolescente de Rosario (Irar). Un equipo de profesionales se ocupa, día a día, de poder acompañarlos y hacer su estadía lo más beneficiosa posible. María Eugenia Márquez, es una de las psicólogas que forma parte de ese equipo de trabajo; detalló cómo viven los menores esta controvertida realidad.

- Los chicos apenas ingresan a Irar, pasan el primer momento solos, hasta al día siguiente que van a declarar; ¿Cómo viven ese aislamiento?

- El ingreso a la institución suele ser bastante traumático. La mayoría de los chicos saben más o menos de que va la cosa; esta idea de que efectivamente es una cárcel. Porque a veces se utilizan eufemismos; y aparece como un instituto de recuperar, cuando en realidad es eso, una cárcel. Los chicos ingresan con mucha incertidumbre; después de haber pasado por una situación generalmente violenta en las comisarías. Con lo cual llegan con una situación de mucha vulnerabilidad y con una sensación de desprotección; de hecho el primer contacto que tienen es con personal civil, con acompañantes juveniles. Genera cierto alivio encontrar a una persona que los escuche, mas allá de la instigación o las preguntas inquisidoras.

-¿Cómo transitan el proceso de integración al grupo, una vez que vuelven de declarar en el juzgado?

- Uno de los requisitos del instituto es la grupabilidad, que convivan en sectores colectivos. Termina siendo una imposición, ya que hay pocos lugares habitables. Esto es bastante complejo ya que si bien los acompañantes juveniles, están las 24 horas y el equipo de profesional tiene entrevistas individuales con cada chico para evaluar cómo está la convivencia, o si hay alguna situación violenta, hay como una zona oscura que queda entre los chicos, incluso con el servicio penitenciario. A veces los chicos explicitan situaciones de violencia, otras uno las percibe pero el chico no dice nada; y otras veces son patentes ya que los chicos salen golpeados. Hay chicos que ya vienen con problemas de la calle. Y también hay grupos dentro, que al llevar tanto tiempo mantienen una conformación más estable, pero eso es muy relativo. Si un padre viene y pregunta: “¿Vos me aseguras que no le va a pasar nada a mi hijo?”  Nadie se lo puede asegurar. Sí se le puedo decir que se va a intentar bajo todo punto de vista evitar y minimizar las situaciones de conflicto de violencia.

-¿Cuál es la situación familiar de la mayoría de los menores?

- Generalmente son familias donde el padre no está, o si está es una figura muy desdibujada. Una presencia no muy permanente. Y madres, donde hay mucha presencia materna al sentido que a veces se desdibujan los roles, o unas madres que pueden muy poco… Hay historias muy densas; familias que pasaron muchas situaciones traumáticas. En ese contexto llegan los chicos. A veces, asumiendo la postura de ser el sostén de la familia; o a veces, también en mucha soledad, pese a que tienen muchos hermanos y quizás una madre que está, pero que no puede mucho.

-¿Cómo viven los chicos el proceso de encierro?

- Esto depende mucho si es un primer ingreso. En general la mayoría de los chicos que están son reingresos. Eso habla de cierta falla con el lazo con el afuera o de ciertas constancias de algunas variables que hacen que se genere un contexto que no puede evitar que el chico retorne. Nada de afuera cambió desde esa vez que el chico ingresó por primera vez, y cada vez el deterioro es mayor. Primero porque se agotan las posibilidades de hacer algo por fuera que permita construir otro contexto. Y segundo por la representación que cada chico tiene de sí mismo, una identificación masiva. Entonces hace que cada vez sea más complicado crear una expectativa de un futuro distinto para cada pibe. Después hay chicos que en el primer ingreso están aterrados, con lo que implica, y eso opera como: “bueno, esto no lo quiero más”; y aunque sea a través del terror, se buscan otras alternativas. Y hay otros que terminan demasiado institucionalizados.

- ¿El encierro les sirve a ellos para recuperar los lazos? 

- Si la función es recuperar, rehabilitar, resocializar, está claro que eso no funciona. Ayer una profesional decía que en realidad esas instituciones no  están hechas para cuidar a los chicos sino para cuidar a la sociedad de estos chicos, y debe ser eso. El hecho de que exista ese lugar, dónde está, aislado de la ciudad, de que mucha gente no sepa que está, en algún punto es tranquilizador para gran parte de la sociedad. Esa es la función. Pero no está pensada como institución para chicos, no está pensada para el bien de ellos, sino para la tranquilidad de la sociedad, que ve a esos chicos como responsables de todos los males de la sociedad. El encierro así como está hoy nos sirve para nada.

-¿Cómo se describe el lugar donde viven los chicos?

-Ahora están haciendo reformas edilicias. Pero por  lo pronto está saturado, hay chicos que están en aulas, en lugares que no están destinados para ello. Los lugares de alojamiento no están en condiciones de alojar a nadie. Muchos problemas de infraestructura, roedores, etc.  El traslado de los chicos es con esposas, aún ahí adentro. Los ingresos son inhumanos, celdas de dos por dos, sin luz. Últimamente hubo algunas mejoras con la cuestión de la limpieza a causa de una orden judicial, así que se está teniendo más cuidado. 

-¿Sufren algún tipo de violencia, física o psicológica, los chicos?

- Sí. La privación de la libertad ya es la primera violencia, sumada a  las que ya vienen transitando antes del ingreso. Hay ambientes donde el personal civil no tiene mucha injerencia. Es sabido que hay negociados con los penitenciarios a cambio de beneficios, traslados, etc.  Hay violencia en no recibir agua potable, no poder decidir cuándo bañarse, no dormir tranquilo por no saber que te puede pasar. Se supone que la presencia del civil es como una especie de mediador del uso de la fuerza. Ellos están habilitados al uso de la fuerza en determinadas circunstancias. Cuando se hace abuso de esa fuerza los acompañantes generan informes y en ciertos casos se separa al personal penitenciario. Pero, también  hay violencia implícita, o sea no hay manera de demostrarla.

-Hay muchos chicos lastimados. ¿A que se deben las lesiones autoinfligidas?

-Es muy típico de las cárceles, es como algo cíclico. Hay momentos en que hay chicos que se cortan todos los días y te dicen que es porque estaban angustiados. Es una manera de transitar la angustia. Otros te dicen claramente que es porque quieren ir al Agudo Ávila, ahí le dan medicación... En general, es una práctica de chicos que hace mucho tiempo que están. Ni siquiera es como la apelación a otro. Es porque el dolor físico, de alguna manera calma la angustia. Toda la atención va a ese dolor.

-¿Cómo es el proceso para la puesta en libertad?

-Desde que ingresan están pensando el día que se van. Y una de las dificultades que se tiene para trabajar es que no existe una temporalidad estipulada. Cuando uno ya sabe que hay una cierta perspectiva, va trabajando la importancia de vincularlo con las instituciones del barrio, o si se cambio del barrio o mudo de ciudad, tratar de que tengan el tiempo ocupado. La cuestión de la escuela es fundamental. Si inicio un tratamiento psicológico, que lo pueda continuar. Se trata de establecer una red que lo pueda contener en esta salida. Sobre todo tratando de revalidar el tiempo que estuvieron ahí. Apostar a que ese tiempo no haya sido tan en vano.

-¿Cómo es el tema de la reincidencia?

- Son chicos que ya están afuera de la sociedad, incluso antes de ingresar a Irar. Hay muchos chicos que están fuera de los circuitos que uno supone que debería habitar un chico de 16 años. Hay chicos que vuelven a la puerta de Irar a pedir trabajo, o que los inscriban en la escuela o preguntan si pueden ir a los talleres. Y queda en eso, en la voluntad del trabajador. No hay una política estatal que efectivamente haga enlace de las articulaciones y que se pueda proseguir. No es siempre un volver a empezar. En la mayoría de los casos te enteras noticias horribles de los chicos; hay otros que no, han podido algo.

En vez de reincidencia,  se trata de reingreso. Porque reincidencia habla de volver a cometer otro hecho delictivo. Hay que decir que el 80% de la población es un reingreso. Lo cual habla del fracaso de aquello de lo que muchos siguen apostando y apelando, porque sino no nadie trabajaría más ahí. Uno está obligado a apostar que si va a poder, por más que sepas que hay pocas posibilidades. Y es eso, pese a las diferencias, lo que une a todos los que trabajan ahí. Es apostar a que algo distinto puede pasar. Pero si, la mayoría son reingresos.

-¿Qué marcas psicológicas le quedan al chico del encierro?

- Esto también es particular y posterior. Uno nunca sabe qué efecto traumático tiene algo. Muchos chicos tienen hermanos o padres que estuvieron presos; y por eso no hay posibilidad de que los chicos se pregunten como se sigue después de esto, y eso es lo más grave. Para algunos es una experiencia más, hasta algo naturalizado se podría decir. “Perdí”, dicen los que son más tumberos. “Perdí, y tengo que pagar”. Es como la ley de la selva; la regla del juego. “Perdí, y me la banco.” “Me muero pollo.”  “Me quiero ir y veo como zafo la próxima.” Qué marcas quedan es singular, pero seguramente a todos le queda una marca, incluso también a todos los que trabajan ahí.

 

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