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El génesis del mal, como duda existencial

21/12/2016

La escritora rosarina Valeria Correa Fiz presentó su libro de cuentos "La condición animal", que recoge los miedos, las inseguridades y los temblores del ser humano como especie

Foto: Pablo Correa (UNR)
Autor:
Alejandro Arnoletti

Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron el desenlace de un modelo económico que terminó de explotar por los aires. Millones de excluidos, indigencia, desempleo, emigración y decenas de muertos por la represión policial quedaron como saldo de la crisis, una de las más graves que tuvo la Argentina. Las esquirlas de esos momentos y los temores del pasado todavía siguen calando hondo en nuestra sociedad.

“Recuerdo muy bien aquel 20 de diciembre de 2001. Tenía como cliente a una compañía aseguradora muy grande y tuve que ir a una reunión al Órgano de Control de las Aseguradoras, que queda en Diagonal Norte, en Buenos Aires. Si bien es una calle muy concurrida no había nadie. Parecía como una de esas películas de distopías, donde está el último hombre sobre la tierra. Iba caminando, con un calor terrible, y no había nadie sobre la ciudad. En esa época no había celulares con Internet, Whatsapp y todo lo que tenemos hoy. Me llamó mi jefe y me dijo que me vaya a mi casa, a las 3 de la tarde. No sabía nada de lo que había pasado en Plaza de Mayo, que es ahí nomás. Llegué a mi casa, enciendo la tele y estaba De la Rúa saliendo con el helicóptero. Y así fue como me enteré de las cosas, más allá de que el taxista que me llevó me fue contando algo. Incluso me costó mucho conseguir uno, a pesar de que Diagonal Norte siempre está lleno de móviles”.

El recuerdo pertenece a la abogada graduada en la UNR, máster de Derecho y Economía y máster en Derecho Tributario, Valeria Correa Fiz. Exactamente 15 años después de aquel día tuvo la posibilidad de presentar en su ciudad natal “La condición animal”, su primer libro de cuentos. Desde hace más de 10 años no reside en el país y actualmente lo hace en Madrid. Previamente tuvo pasos por Miami y Milán, adonde debió emigrar justamente por “problemas económicos” derivados de la crisis de 2001. Además de escribir, la autora brinda talleres de escritura en España y en Italia, con el Instituto Cervantes de Milán. Su trabajo literario está disponible en Argentina y en España pero en julio se presentará una versión “argentina” del libro. Además puede ser descargado en formato digital desde la web de la editorial "Páginas de Espuma".

La elogiada publicación de 12 cuentos reúne historias intensas, que recaen en los miedos, las inseguridades y los temblores de quien lee esta obra. Y del ser humano como especie: la locura y la muerte, el amor y la enfermedad, la obsesión y la violencia y la ternura inevitables. “Un libro brutal. Un libro que duele, como duele siempre la buena literatura”, se asegura. El trabajo tuvo una muy buena recepción por parte de los críticos literarios de la madre patria. Y este martes fue presentado en la librería “Mal de Archivo” de Rosario, ante un nutrido número de asistentes. Previo al evento fue entrevistada por el portal de Radio UNR.

 

Foto: Pablo Correa (UNR)

 

¿Forma parte de los temores y las oscuridades que tiene el ser humano lo sucedido el 19 y 20 de diciembre?

El libro se escribe a partir de una preocupación filosófica mía que es cuál es la génesis del mal y evidentemente no tiene una respuesta. Sí trato de alguna manera escenificar distintas formas del mal; el mal como venganza, el mal como fruto de una perturbación psicológica, varios de escenarios distintos. Hay un cuento que es “Leviatán”, que es el mal que viene del Estado. Se somete al ciudadano a cosas en las cuales no tiene mucha posibilidad de cambiar.

 

¿El corralito por ejemplo?

En este caso el “Leviatán” es una versión distópica de los desaparecidos de la dictadura militar. La violencia no es económica. Pero sí el Estado tiene muchas formas de violencia, incluso el Estado democrático con ciertas medidas económicas, de restricción de libertades civiles, etc. Es un tema que me importa mucho porque soy abogada. Si bien hace tiempo que no ejerzo, la práctica me interesa.

 

Ud. es abogada y máster en Derecho y Economía pero está fuertemente arraigada con la literatura, no sólo por sus trabajos sino por los talleres que brinda. ¿Cuál fue la motivación para este giro?

Fue un poco casual, a pesar de que no crea en las casualidades. El derecho es una figura muy vinculada a lo geográfico, entonces cuando me fui de Argentina tenía menos trabajo y como nuestro país estaba en decadencia económica, había menos negocios del exterior hacia aquí. Empecé trabajando en gestión cultural, en una cadena de librerías en Estados Unidos. Y así fue que comencé montando clubes de lectura, recitales de poesía, muestras fotográficas. Siempre me gustó muchísimo leer pero me lo planteaba como un hobby, más que nada. Escribía para mí y después viviendo en Milán, donde trabajaba para el Instituto Cervantes, una escritora que habíamos invitado me preguntó si lo hacía. Me dijo que estaba bien pero que si me veía a los 80 años y con los cuentos en los cajones, es un hobby más. Cuando me dijo eso me di cuenta que a esa edad y con los cuentos en los cajones no iba a ser feliz. Ahí decidí tratar de armar un libro y buscar una editorial que estuviera interesada.

 

En alguna oportunidad hizo mención a sus cajones llenos de textos. ¿Cuánto hace que escribe?

Diez años. Si bien afuera uno está bien y hace amigos, es cierto que el hecho de irme del país te lleva a que la condición de extranjero haga que no compartas códigos que sí tenés con la gente de tu país. En tu lugar partís de una base de supuestos y construís arriba de eso. Cuando sos extranjero “estás en falta” porque de alguna manera las personas tienen una coyuntura que vos desconocés; tus circunstancias personales son desconocidas para la gente y entonces la profundidad de la comunicación es más difícil. Escribir se transformó en una manera de hablar con el interlocutor que me faltaba. Marguerite Duras decía que “escribir es aullar sin ruido” y en cierta manera entiendo que este libro, que es una búsqueda y una denuncia, es eso, un pedido de auxilio en silencio.

 

Foto: Pablo Correa (UNR)

 

¿Cuánto hay de Argentina y cuánto de lo vivido en el extranjero en “La condición animal”?

El libro no es autobiográfico en el sentido de fidelidad a los hechos que se cuentan. Sí lo es en lo que hace a los sentimientos que subyacen en cada cuento. En ese sentido diría que es 100 por ciento argentino. Si bien estuve muy integrada a las comunidades en las que viví, en ningún momento dejé de sentirme argentina. Y eso está en el libro. En cuanto a las historias que se cuentan hay un poco de todo. Algunas transcurren en distintas provincias de Argentina, otras que no tienen una localización geográfica específica y otras que son de una pareja de argentinos en Miami, de unos japonenes que emigran a Buenos Aires. Hay un poco de todo. Y si bien está escrito en España, lo hice en “argentino”. No es un lenguaje atravesado por lo coloquial pero porque es una elección estética. Como hace mucho que no vivo acá, no quise sonar en un argentino de hace 20 años. Un argentino más bien universal, que se comprende en España, Venezuela y Colombia, por ejemplo. Lo escribí cuando estuve viviendo en Estados Unidos e Italia y quise que tuviera una filiación con Argentina.

 

Si bien hay temores que son intrínsecos al ser humano, la posibilidad de recorrer distintas partes del mundo le puede permitir ratificarlo o rectificarlo. ¿Hay turbiedades que se presentan según el lugar donde se habita?

Creo que por la situación política, económica y la coyuntura que nos toca vivir como argentinos estamos mucho más alertas a ciertas cosas. Y también más preparados a sortearlas. Las diferencias de una persona que vive en un país como el nuestro y otra en algún lugar tal vez más organizado se notan. El imaginario te cambia porque está condicionado por tu realidad. Pero lo que hace a los miedos más profundos y a las perturbaciones creo que pertenecen a la especie humana. Los miedos, los terrores, los deseos están inscritos en el ADN de lo humano. Se modifican de acuerdo al lugar de origen y la situación que te toca vivir, eso sí.

 

¿Por qué le surgieron estas inquietudes desde siempre?

No sé. Me imagino que cada uno lleva consigo una pregunta toda la vida. La mía tiene que ver con esto, con la génesis del mal. Es una pregunta que en muchas cosas que hice en mi vida le busqué una respuesta. Pensé que el Derecho podía responderme al menos parcialmente esto, de cómo reglar o domesticar el mal, y muy pronto en la carrera me di cuenta de que no era así. También soy una estudiante amateur de Filosofía y hay una rama que es la Teodicea, que es la pregunta por la génesis y las clases del mal y es una rama de lo que sería el pensamiento religioso. Frente a lo que es la existencia de un Dios todopoderoso, cómo puede existir el mal. He tratado de buscar respuestas a estas cosas y no la tengo, evidentemente. De alguna manera esta pregunta me seguirá acompañando y traté de hacer una especie de catarsis en los cuentos.

 

¿No teme que el lector se espante por la historia o por sentirse identificado y decida abandonar la lectura a mitad de camino?

Muchos lectores que me han escrito me dijeron que algunos cuentos le resultaron durísimos de leer. Hubo casos en que me han dicho que empezaron a leerlo a la noche, pero tuvieron que dejarlo y continuarlo con la luz del día porque daba mucha impresión o susto. Otros que que le daba mucho asco u otras sensaciones que tienen que ver con lo vulnerable, una cosa bastante fuerte que en apariencia tiene el libro. Cuando lo escribí no me daba cuenta que era así. Pero cuando me dicen esto me da satisfacción porque el mal no es una cosa amable, sino que perturba, que nos repugna. Si la escritura que escenifica el mal nos puede mostrar las sensaciones del mal, me quedo contenta porque conseguí lo que buscaba.

 


Foto: Pablo Correa (UNR)

 

Ud. afirmó en una nota: “La imagen es, a mi modo de ver, el recurso que nos permite retratar al hombre más cabalmente”. ¿Cuántas imágenes requiere una historia para ser contada? ¿Y estos cuentos cuántas imágenes tienen?

El género que más me gusta es la poesía. Trabaja con la condensación, con la idea de resumir dentro de una imagen varias cosas. Con este mismo criterio poético escribo mis cuentos, tratando a través de una imagen o dos resumir de cierta manera lo que transcurre en el cuento. Los cuentos son fáciles de leer ya que no tienen una escritura lírica ni pomposa o barroca. Hay gente que me dijo que no se podía sacar una imagen de un determinado cuento de la cabeza. Eso creo que es muy poderoso, que una imagen impregne a un cuento y el lector recuerde toda una historia a partir de ello. Una imagen poderosa, donde nos podemos olvidar detalles de la historia, pero va a retener una línea del argumento y esa imagen. No todas las obras artísticas tienen esa cualidad. Eso me importa mucho. Estamos a tantos miles de años de historia del hombre, de buscar imágenes que sean nuevas o un poco diferentes a viejas revisitadas. Y además que tengan el poder evocador de que compriman la historia y funcionen como una especie de “machete mental” del lector hacia el cuento.

 

¿Todas ellas son escabrosas?

No. Hay mucha ternura también. Hay personajes que son claramente malvados o “desviados del bien”. Y otros que frente a la adversidad, el dolor y la maldad le ponen el cuerpo. En el libro también hay mucho amor y ternura naufragada porque parece que el mal es más fuerte. Pero de esto también se presenta y junto con las imágenes la gente se ha quedado impregnada. Esto me da muchísimo gusto porque son las dos líneas o tonos con los que quise trabajar.

 

¿A qué atribuye la clasificación en los cuatro elementos? ¿Cuán determinante es para la lectura del trabajo?

Los libros de cuentos suelen ser una especie de colección de relatos que están unificados por una voz. Al ser abogada tengo un vicio profesional y es que los Códigos están clasificados. Me gusta mucho el orden y además el arte es un recorte de la vida. Pero como la vida es desordenada o caótica, el arte debería ser algo ordenado que exhibe el caos. Este libro se escribió bajo la génesis del mal, que es una pregunta de corte filosófica y quería que hubiera elementos materiales impregnando este cuento. En los filósofos presocráticos, cuando hablaban de la concepción del mundo, había quienes decían que todo lo que había estaba hecho de aire, otros de agua, otros de fuego y otros de tierra. Y otros que toda la Tierra estaba hecha a partir de estos cuatro elementos. En mis cuentos hay un montón de elementos de aire, de agua, etc. y se me ocurrió que podían ordenarse de acuerdo a esta clasificación de lo que serían los elementos que componían el universo.

 

La entrevista estuvo atravesada por la Filosofía. ¿Cuál es su cercanía con ella?

Soy una lectora amateur, pero no estudié formalmente. Cuando el hombre empieza a hacerse preguntas, las disciplinas no están separadas. Los primeros hombres eran poetas, matemáticos. Todo el saber estaba unido bajo el nombre Filosofía y de alguna manera todos estos saberes se fueron desglosando en las disciplinas particulares y a la Filosofía le quedó el amor por la pregunta. Creo que hoy por hoy es una disciplina muy abandonada y que es muy importante. A nivel práctico hay un montón de cosas que se están haciendo que nos pueden llevar a un mundo que no sabemos cómo va a resultar, y de hecho tengo un cuento que habla de modificaciones genéticas que se llama “Criaturas”. Hay decisiones materiales, que no digo si están bien o mal, pero hay que tomarlas midiendo los aspectos y las consecuencias van a tener en el futuro. Y tienen que ver con la ética y en definitiva, la Filosofía. La Filosofía lo gobierna todo.

 

¿Qué ideas proyecta para un futuro trabajo?

Me gustaría escribir una novela porque me quiero hacer cosas distintas. Es un desafío. Además porque el libro funcionó demasiado bien considerando que se trata de una autora extranjera de cuentos y que me quiero correr del sitio de “a ver qué otro libro de cuentos”. Una novela es un género distinto, me imagino que requiere de una disciplina diferente y me gustaría someterme a eso.

 

¿Y publicar los textos de los cajones?

Hay sacarlos ver si vale la pena, corregirlos. Son siempre borradores hasta que uno no le da un formato de libro. La corrección es una cosa necesaria pero a veces se transforma en un vicio. 

 

Foto: Pablo Correa (UNR)