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Se abre un nuevo período en Brasil, marcado por la fragilidad y la polarización

01/09/2016

El Senado destituyó a Dilma Rousseff y Michel Temer ya juró como nuevo presidente de Brasil. El nuevo mandatario deberá afrontar la recesión, su falta de legitimidad y la tensión social

Autor:
Alejandro Arnoletti

El Senado de Brasil concretó la destitución de Dilma Rousseff, con una votación que culminó con 61 votos a favor y 20 en contra. Si bien podía estimarse durante el proceso, es un hecho significativo para la historia del país vecino y de la región. El único dato positivo para la ahora expresidenta está dado por la negativa a suspenderla de la vida política por ocho años. A pesar de haberse concretado la expulsión del máximo cargo político este hecho no fue como consecuencia de un hecho de corrupción sino por una práctica habitual lo que lleva a hablar de un "golpe parlamentario" o "golpe blando".

Se abre un panorama de incertidumbre y tensiones políticas, en una nación sumida en una recesión económica que ya alcanzó su cuarto trimestre consecutivo. La ausencia de legitimidad de Michel Temer en el pueblo es un desafío que deberá afrontar a través de alianzas políticas, las mismas que son cruciales para la gobernabilidad.

Por otra parte se deberá seguir la continuidad del Partido de los Trabajadores, al frente del Palacio de Planalto durante 13 años y ahora golpeado por la salida forzada de Rousseff. A pesar de ello, la figura de Luiz Inácio Lula da Silva emerge como presidenciable en 2018 y es a esta altura quien reúne el mayor porcentaje de intención de voto.

 

 

Para entender la intrincada situación institucional, política y económica brasileña tras la destitución de Rousseff, el portal de Radio UNR entrevistó a Esteban Actis. El doctor en Relaciones Internacionales, docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UNR y becario postdoctoral del Conicet analizó el pasado, presente y futuro para entender cómo se llegó a este momento y cómo puede continuar la situación brasileña.

 

¿Qué conclusiones se puede sacar del proceso y de lo sucedido hoy?

Era previsible con lo que ya había sucedido hace tres meses cuando se inició el proceso en la Cámara de Diputados. Fue una vez que el partido del vicepresidente, aliado al Gobierno del Partido de los Trabajadores, decidió pasarse a la oposición y con eso tener los números suficientes tanto en la Cámara de Diputados primero, como ahora definitivamente en la Cámara de Senadores para concretar el fin del Gobierno del PT y terminar con un gobierno de 13 años con signo progresista en Brasil. No es sorpresa lo que sucedió hoy, ya se venía anunciando. Lo que sigue siendo impactante es cómo este proceso ha sido una especie de farsa, considerando que el “crimen de responsabilidad” que se le imputa a Dilma Rousseff claramente está lejos de ser un delito suficiente para la destitución de un presidente. Si bien el mal uso de la política fiscal para tapar un déficit es gravoso y puede ser cuestionable política y económicamente es usual y que sea la causa para destituirla marca la fragilidad institucional muy fuerte. Es el principal argumento que hoy en muchos lugares de Brasil y el mundo hacen hablar no de un traspaso institucional, sino de un golpe parlamentario, blando o neogolpismo.

 

¿Era esperable un 61 – 20?

Todo el mundo descontaba que tenían 54 votos y se sumaron algunos que, entre abstenerse y votar a favor, se inclinaron por esto último. Siempre está el juego político que una vez que se concreta algo se suman para no quedarse afuera del reparto político que esto tiene. Había muchos indicios en Brasil de que el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), de Temer, como el el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), de Aécio Neves, que ahora están en una coalición de gobierno, habían hecho fuerza para “comprar votos” o generar algún incentivo para los senadores y así justamente darle la salida a Rousseff. En Brasil, el Senado también representa a los Estados y en ese sentido se habrá prometido en el toma y daca de la política obras públicas en esos Estados representados o algún tipo de beneficio político. Cada senador y cada Estado jugaron sus cartas en esta reyerta política a nivel nacional.

 

¿Por qué la destitución de presidentes en Brasil es algo común?

La particularidad de Brasil es que desde la Constitución de 1988 la práctica política es el presidencialismo de coalición. Un partido llega al poder pero necesita de tener coaliciones con varios otros que le garanticen la gobernabilidad. El PT, con Lula y con Dilma, si bien era el partido de Gobierno, mayoritario, siempre tuvo un conjunto que lo acompañaba en el Parlamento. El caso más emblemático es este partido, camaleónico, que no tiene una ideología definida como lo es el PMDB, el de Temer. Ésta es su tercera presidencia. La primera fue de José Sarney (1985 – 1990), la segunda fue de Itamar Franco y la tercera, ésta. Ninguna de las tres llegó por la vía democrática. Por Sarney había una democracia indirecta porque había un colegio de electores; Franco reemplazó a Fernando Collor de Mello y ahora Temer, por una situación donde no se recurrió a las urnas para legitimarlo. Claramente esta particularidad de la coalición presidencial hace que un Gobierno que se quede con minorías, que los partidos de gobierno se vayan a la oposición y haya un efecto centrífugo del poder, lo conviertan en una debilidad política. En el caso argentino, si bien tenemos un sistema parecido en términos institucionales, la práctica hace que no haya una coalición de Gobierno. Es muy difícil que un partido caiga en una minoría tan grande para perder en las cámaras por dos tercios.

 

Fernando Collor de Mello, último presidente destituido (1992)

 

Si bien el caso de Dilma Rousseff no fue por corrupción, muchos integrantes del Senado sí están acusados por esto. ¿Puede avanzarse en causas contra ellos?

Luego del inicio del impeachment en mayo salieron algunos audios de diputados que votaron a favor y uno de ellos decía que el objetivo era, una vez que se sacara a Dilma, hacer un manto de impunidad con las causas que se están investigando. Un líder pagaba los platos rotos de la fiesta de corrupción que se produjo en Brasil, ponía la cabeza Rousseff y con eso se paraban las causas de corrupción que afectan a toda la clase política brasileña. Este nuevo período va a frenar todas esas causas porque salpican a muchos senadores, diputados, empresarios, gobernadores, intendentes. Esta situación podría agravarse y generar una inestabilidad política aún mayor. En ese sentido lo que va a hacer Temer es evitar la indignación popular, que estuvo en el génesis del enojo en la clase media y salió a protestar contra el PT. Hoy Brasil va a una mayor impunidad, parece, y no va a haber mucho margen para que muchos de los que han investigado. La Justicia también tiene fines políticos porque apuntaba donde quería y esas causas van a estar aplacadas o suspendidas.

 

Renan Calheiros, presidente del Senado Federal de Brasil

 

¿Cómo puede afectar en la integración regional e internacional de Brasil e incluso con el papel que está jugando con Argentina y Paraguay en el Mercosur?

En términos internacionales para Brasil hay que esperar que algunos países de la región progresistas o de izquierda se manifiesten en contra del Gobierno de Temer, como ya lo hicieron Bolivia, Ecuador, Venezuela, El Salvador o Nicaragua. Incluso Bolivia ya avisó que va a llamar a consulta a su embajador. En términos generales son países que a Brasil mucho no le preocupa y no tiene su reconocimiento. El Gobierno actual tiende a cambiar su inserción internacional y dejar de mirar a parte de la región para apuntar a sus aliados históricos, como Estados Unidos o la Unión Europea. Si bien no se van a pronunciar a favor de Temer, ambos consideran como una buena señal el cambio político y así van a poder afianzar relaciones políticas y económicas. Las relaciones con Dilma Rousseff no eran malas pero había diferencias. Temer se va a aliar rápidamente a Estados Unidos, a cerrar con Argentina el acuerdo de la UE con el Mercosur, tender puentes con la Alianza del Pacífico como hizo Macri y no va a cambiar la alianza con China, más allá de algunas rispideces ideológicas. De hecho Temer viaja a ese país a la cumbre del G20 y tiene un encuentro bilateral con el presidente, donde van a anunciar varios acuerdos e inversiones. La variable china, que las gestiones de Dilma y Lula habían profundizado, la va a continuar porque sigue siendo un socio estratégico comercial y una fuente de inversiones muy importante que Brasil necesita.

 

Foto de archivo: Télam

 

¿Cómo se avisora el futuro político de Temer y Brasil?

Es una situación muy compleja. Esta crisis va a provocar otras crisis. No creo que sea un punto bisagra y que Brasil retorne a una estabilidad política, económica e institucional, sino todo lo contrario. Están en una situación de un Gobierno que carece de legitimidad para gran parte de los brasileños, que va a tener que generar una coalición que es frágil porque hay mucha desconfianza en su interior. La economía está en recesión y hoy se conoció que es el cuarto trimestre consecutivo en esta situación. La apuesta de Temer es que la economía comience a despegar y eso empuje al Gobierno. Los datos no son muy alentadores en ese sentido. Por otra parte, la popularidad en términos electorales ronda por el 10 por ciento. La misma que tenía Dilma Rousseff hace un tiempo y fue un argumento para avanzar en una destitución porque carecía de la legitimidad del pueblo. Hay un panorama gris, la situación no parece que se estabilice y vaya a una normalidad institucional en corto plazo.

 

 

¿Cuál puede ser el futuro político de Dilma y de Lula, que hasta las últimas encuestas lideraba la intención de voto?

A pesar de la destitución, la buena noticia que Dilma Rousseff puede rescatar es que no se logró la votación de dos tercios para una suspensión de ocho años. Hubiese sido un golpe muy fuerte para su carrera política. Se espera que en el corto plazo no va a tener muchas posibilidades electorales porque después de su último gobierno y esto, su legitimidad está en baja. Va a ser una líder política que va a acompañar a Lula Da Silva, que hoy se postula como la figura más importante del PT y de la oposición. Si uno ve la intención de voto es el candidato que mayor porcentaje tiene, los otros bloques dividen mucho y Temer no tiene mucha afinidad de votos, al igual que Neves y Serra. Lula tiene un 30 por ciento que lo hace un político muy importante y con muchas posibilidad de tener una candidatura fuerte en 2018. Muchos analistas dicen que Temer no llama a elecciones, que era una de las salidas que se postulaba, porque justamente el temor es que el expresidente tenga una intención de voto muy fuerte. Dilma va a intentar ir al interior de Brasil y por el mundo invitada por organizaciones sociales o partidos para hacer la resistencia al golpe de Estado. Hoy el PT debería reubicar sus fichas en torno a Lula, que sigue siendo una figura fuerte y aceptado como un gobierno que terminó sus dos mandatos con apoyo popular e intentar derrotar a Temer o al partido de Fernando Henrique Cardoso en 2018.

 

¿Puede afectarlo el escándalo Petrobras?

Si el escándalo Petrobras salpica lo hará para distintos lados porque hay muchos políticos involucrados allí. Incluso aparece el propio Cardoso, acusado por una compra de la empresa en Argentina y por tener algún tipo de sobresueldos o sobrefondos para la corrupción. Lula tiene en marcha un proceso de corrupción, no de Petrobras sino de empresas constructoras, porque le han descubierto un departamento que se ha pagado como retorno de una adjudicación. Justamente la estrategia del Gobierno de Temer va a ser judicializar lo más posible a Lula y mostrarlo como un corrupto y no como un estadista, como muchos lo siguen considerando. La disputa política en Brasil va a ser muy fuerte, con una gran polarización, con manifestaciones en la calle. El gran temor es que esta situación se agudice en términos de violencia social, aunque hoy no parece una posibilidad muy cierta ya que no ha habido grandes hechos de represión. Pero sí es una situación de fragilidad y polarización que hace mucho tiempo no se veía en Brasil.